Hablar de White Wizzard es hablar de Heavy Metal a secas. Los oriundos de California comenzaron su carrera hace ya diez años y son sin lugar a dudas uno de los estandartes del revival de Heavy Metal tradicional que ha experimentado la escena durante la última década. Y esto no es casualidad porque los yankees se han ganado su sitial a punta de buenos discos: “Over the Top” (2010), “Flying Tigers” (2011) y “The Devil’s Cut” (2013), todos ellos en la vena más clásica del Heavy Metal, compartiendo la misma filosofía que predican Enforcer, Skull Fist o los nacionales Iron Spell, por sólo nombrar algunos.

Luego de sucesivos cambios de formación y cinco años de espera desde su último LP, White Wizzard nos presenta “Infernal Overdrive” con Wyatt Anderson en la voz, James LaRue en guitarras, el líder sempiterno Jon Leon en el bajo y Devin Lesback en la percusión.

El disco arranca con el single y homónimo Infernal Overdrive. Una introducción de redobles furiosos marca de inmediato un tono de agresividad y velocidad que se aleja del Heavy más tradicional, entrando en un terreno infernal, más agresivo, y que incluso coquetea ese Thrash Metal que cultivasen bandas tipo Forbidden. Sin embargo, el Wizzard se debe al Heavy Metal y es así como rápidamente la canción devela una influencia brutal, innegable y hasta cuestionable: Painkiller. Los primeros versos son casi un calco del clásico de Judas Priest. Si es un homenaje o un plagio, no lo sabemos, eso queda a criterio de cada uno. En general, Infernal Override es un viaje al sonido más noventero del género, más rápido y entrópico en comparación a la propuesta más NWOBHM que la banda acostumbra a presentar. Es un comienzo diferente, pero auspicioso.

Con Storm the Shores, los californianos vuelven a sus raíces con un sonido más tradicional y cercano a la NWOBHM, propuesta que por supuesto manejan a la perfección y disfrutan haciendo. El bajo de Leon aumenta sus decibeles, mientras que LaRue da clases de armonización y elegancia con esas típicas escalas maidenescas de principios de los 80′. Todo esto bajo la sólida percusión de Devin Lesback, que fiel al estilo, despliega ese ritmo galopante y lleno de arreglos, que también es marca registrada de Nicko McBrain y la doncella.

Siguiendo la misma linea musical, Pretty May entrega otra combinación de recursos clásicos que estructuran un tema sólido, de espíritu viejo y manufactura moderna, tal como uno esperaría al ponerle play a cualquier disco de White Wizzard. Es menos cautivante que su predecesor, pero que justifica su espacio en esta placa.

Cuatro golpes de hi-hat introducen Chasing Dragons, composición que quiebra de cierta manera la tendencia que viene presentando el disco. Aun cuando la formula es evidentemente Heavy, cierto elementos melódicos acercan este tema a propuestas más Power. Los ocho minutos de canción se pasean por diferentes sonidos que se entremezclan cómodamente, dando forma a un blend interesante, no tan directo, pero sólido al final del día.

El quinto tema es Voyage of the Wolf Raiders, segundo de los cuatro temas de la placa que se extienden por más de ocho minutos. Un comienzo acústico y de carácter nostálgico abre esta pieza musical, que evoluciona hacia riffs y melodías que es imposible no contrastar con el catálogo de la Doncella de mediados de los 80’. Se pueden identificar fácilmente tres o cuatro recursos que tributan lo hecho en canciones como Rime of the Ancient Mariner. Más allá de todo juicio en términos de influencia/tributo/homenaje, Voyage of the Wolf Raiders es un gran esfuerzo compositivo, muy bien logrado y brillantemente ejecutado.

Las influencias de Judas Priest, especialmente en términos vocales, vuelven al ruedo con Critical Mass. El trabajo vocal de Anderson sobresale del resto de las performances (y justifica su alias Screamin’ Demon), alcanzando notas ridículamente agudas, a veces innecesarias. Armonías complejas reemplazan los clásicos riffs en acordes mayores y el shredding de la guitarra da energía y vida a una canción de cadencia veloz y espíritu caótico. Diametralmente opuesta es Cocoon, séptimo tema de este larga duración, donde la banda baja las revoluciones del metrónomo y transmite sentimientos profundos y melancólicos más que de euforia y caos, gracias a la voz desgarrada de Anderson.

Similar a la propuesta anterior, Metamorphosis es un tema denso y reposado. En esta parte del disco White Wizzard parece querer intercambiar los cabeceos incesantes por la introspección reflexiva. No es que sean temas intrínsecamente lentos, pero tienen una atmósfera mucho menos putera que lo presentado en la primera mitad del disco.

Finalmente, cerrando “Infernal Overdrive” llegan los once minutos que llevan por nombre The Illusion’s Tears. En línea con los tema anteriores, la propuesta es menos infernal y más solemne. Guitarras sobrias, una base rítmica más pausada y un Anderson más contenido protagonizan una composición que deambula por pasajes que ilustran un White Wizzard menos callejero y más maduro… eso al menos hasta el minuto ocho de canción, cuando activan el interruptor metálico y vuelven a la carga con un riff cargado a la cafeína y con guiños a Kill the King de Rainbow, en lo que pareciera ser una estampa de Heavy Metal encargada de cerrar este larga duración de la misma manera que empezó.

En consecuencia, “Infernal Overdrive” es un trabajo positivo que termina de consolidar una nueva faceta de White Wizzard, pues da la impresión que se muestran como una banda más madura, con composiciones menos cañeras y más complejas. Entrando de lleno en el terreno de los juicios personales, honestamente no sé si esta es la fórmula ganadora. Por una parte, muy bien, evolucionaron… pero parece que eran más disfrutables cuando tenían una propuesta más simple y directa. ¿Será realmente así? Difícil de juzgar. Lo que sí es cierto es “Infernal Overdrive” es un buen disco de Heavy Metal que sigue pavimentando el camino de White Wizzard como uno de los grandes exponentes del revival de Heavy Metal que venimos disfrutando hace ya un par de años. Yo no soy devoto de los revival y la gran mayoría no me prenden para nada, pero hay que saber reconocer cuando la música es buena, y los californianos algo saben de eso.

Hernán Borquez