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Hace muy pocos días se publicó un pequeño adelanto, resumido, de lo que vendría a ser parte del décimo octavo trabajo en estudio de este carismático violero sueco.  Carismático, por decir lo menos.  No es noticia ni sorpresa que la gran cantidad de seguidores en el mundo de Yngwie J. Malmsteen  es relativamente proporcional a la cantidad de detractores que tiene.  Porque su ego es tan grande como su talento, por sus ostentosas aficiones, por su autoproclamada supremacía en las seis cuerdas, porque mientras para algunos es el máximo exponente del metal neoclásico, para otros es sólo una emulación hiperventilada de Ritchie Blackmore en sus días de Rainbow, y así una larga lista que no viene al caso actualizar.

El caso es que, pulgares arriba o pulgares abajo,  Yngwie jamás ha pasado desapercibido.  Y dicho de frentón, en el mundo del rock, la aversión – o incluso odio – hacia un artista siempre será mejor recibida que el olvido. Cualquier artista en un escenario sabe que prefiere ser bañado en escupitajos antes de ser ignorado.  En ese sentido, el virtuoso nórdico siempre tiene orejas pendientes hacia él.  Lo que haga, amado u odiado, llama la atención.

En todo lo dicho anteriormente no debería haber sorpresa alguna. Y posiblemente en el siguiente review tampoco, excepto un par de detalles.

Como venía diciendo, no hace muchos días tuvimos la oportunidad de repasar un resumido teaser con fracciones de lo que la nueva entrega contiene.  Para todos nosotros que conocemos su estilo, hemos podido constatar que los cambios bruscos en el rumbo musical no son muy del agrado del guitarrista, y que a través de su discografía la evolución ha sido más lineal que sorpresiva. Y si en alguna crítica alguien se quisiera quejar de la poco arriesgada dirección de su carrera, ya es demasiado tarde.  Eso se debería haber hecho no después del lanzamiento del Seventh Sign de 1994.  A estas alturas, con una prolífera discografía a su haber, y con una base fiel de fans –no menor- alrededor del globo, poco debe importarle a Malmsteen que sus entregas sean similares entre sí.

No obstante, junto con esa breve muestra nos llegó otra noticia bastante particular.  El encargado de las voces sería nada más ni nada menos que el mismísimo Yngwie. Y como todos sabemos, sus cuerdas vocales no están altura de las seis de su Strato escalopeada.  No es la primera vez que canta, así que lo sabemos.

La primera impresión (prejuiciosa, por no haber escuchado el disco aún) fue escepticismo.  Con la gran lista de buenísimos cantantes que han participado a lo largo de su trayectoria, la vara estaba excesivamente alta para aventurarse él mismo a agarrar el micrófono.  Sin embargo, el disco está compuesto en un 70% como instrumental, dejando la performance vocal de Yngwie sólo para tres canciones.

El disco abre con la canción que da nombre a la placa. Spellbound es lo que certifica que su estilo se mantiene intacto.  Un acelerado lick, acompañado por un teclado emulando ese sonido clásico de clavicordio,  se antepone a la marcación de una solidísima base rítmico/melódica.  De hecho el  bombo se escucha muy por encima, y el bajo reluce un sonido muy brillante.  A pesar que el plato de fondo siempre recaerá en la guitarra, su volumen no es tan elevado como en entregas anteriores, lo cual le hace justicia al resto de la banda.  Una opening instrumental de cuatro minutos y medio que alude sin rodeos al estilo marca registrada de Malmsteen: la mixtura  del heavy metal con arreglos, escalas y estructuras neoclásicas.

Los tiempos bajan con High Compression Figure, sin embargo el peso sigue siendo patente.  Debo reconocer que a pesar de estar oyendo algo a lo cual Yngwie nos tiene acostumbrados,  la melodía trabajada en este corte es preciosa, con un muy armónico juego de dos licks de guitarras paralelos.  En el parlante izquierdo oirán una escala descendente en tonos bajos, mientras que en el derecho los sorprenderá una escala ascendente, y más acelerada en notas agudas. Una vez más, una marcadísima suite bajo/batería afirman los inquietos solos de guitarra, mientras el teclado (emulando el sonido del clásico mellotron) genera esa atmósfera propicia para que la canción suene completa. Uno de los momentos poco usuales en esta canción es el uso del pedal “cry baby” (efecto wah-wah) en ciertas secciones del solo.  Me produce curiosidad cómo Malmsteen podría ejecutar este tema en vivo, ya que él no acostumbra incluir guitarristas de apoyo.

Repent, es el primer tema cantado del disco.  La voz del sueco no es la gran cosa, con un registro barítono que se mueve en un rango de dos octavas.  Su interpretación es pastosa y nasal,  que a ratos me rememora la voz que Ian Gillan adoptó a partir de los noventa (The Battle Rages On, en adelante), pero obviando los agudos, por supuesto.  El peso en un riff bajo y arrastrado (tengamos en cuenta que el guitarrista afina en Re#) y el  timón melódico es propio de la labor de Nick Marino en las teclas.  Un tema formato single, que no pasa de los tres minutos y quince,  políticamente correcto para ser elegido y difundido.

Ahora, si bien Yngwie Malmsteen sigue lanzando discos basados en su patentada fórmula,  puedo notar un férreo coqueteo con el blues en Let’s Sleeping Dog Lie. Sí, él mismo se desligaba del blues y no lo hacía partícipe en sus influencias.  Sin embargo, tampoco encontraremos dejos de Muddy Waters o Albert King acá. Con toda propiedad, esto es mucho más cercano al Still Got the Blues de Gary Moore (1990), o Mitzy Dupree de Deep Purple (1987).  Blues pasado por el cedazo británico.  Su voz calza bien con el tema, y al igual que el anterior, están bien confeccionados para el alcance vocal del guitarrista.  El bajo y la batería marcando un arrastrado ¾, y un Hammond dando todo el ambiente, sirven en bandeja la voz de Malmsteen, y más aún la voz de su guitarra.

Me pregunto qué hace Majestic 12 Suite 1,2 & 3 en un quinto lugar en la posición del álbum.  Personalmente (y enfatizo que es sólo mi opinión) podría perfectamente haber sido la intro del  disco.  Un comienzo en violín (que recuerda un poco a Solitaire, de Kamelot) precede a un movimiento similar al  allegro de la Sinfonía Nª5 de Beethoven, y que en no más de 10 segundos nos lleva a un tema rápido, up tempo en ritmo 2/4, un recurso muy útil en piezas épicas de buen gusto (como Fanfare For  The Common Man de Emerson, Lake & Palmer, 1972).  Recurso bien revisitado en su extensa carrera, es una buena plataforma para que el vikingo muestre su afición a las composiciones neoclásicas y/o barrocas.

Electric Duet parte con una dulce armonía en twin guitars apoyadas por intervalos de teclado (emulando suite de cuerdas).  Una vez más son el tipo de temas que me despiertan la curiosidad de ver cómo serían desempeñados en vivo.  Es sólo un display de buen gusto, sin abusar de la velocidad.  No hay bajos ni baterías.  En minuto y medio, el trabajo ya está hecho, y es bastante agradable su pasada breve para generar un respiro entre los temas pasados y los que vienen.

El siguiente corte, Nasca Lines presenta campanas, mellotrones de fondo e intervalos marcados que sostienen una guitarra españolada, un tema low tempo, con el cual Malmsteen logra fusionar la demostración de su virtuosismo, a ratos en la acústica y en otros momentos sobre su distorsión dulce, usando la cápsula del puente.  Agradable resultado sobre un instrumental de menos de 3 minutos.

Con Poisoned Mind, Yngwie vuelve a tomar el micrófono.  Pudiendo ser el tema favorito de cualquiera, creo que personalmente no destaca por sobre las piezas anteriores.  Interesante, eso sí, cómo el estribillo de la canción (La voz de Yngwie, en repetidas pistas) hace recordar al Ozzy del No Rest for the Wicked.  Una vez más los barridos de guitarra irrumpen generando los cambios de estrofa, y el virtuosismo del guitarrista sale a la luz (como en todos los temas, sin excepción).

Las guitarras españoladas vuelven a aparecer, marcando la introducción de God of War,  un tema con una velocidad y composición similar al anterior, pero de duración más prolongada, y donde, como ha de ser, el trabajo en las seis cuerdas es el que está posicionado en primer plano.  Salvo la introducción barroca y los intervalos marciales al comienzo y sección media del tema, podemos decir que es una composición simple, donde la complejidad no pasa por más canales que la velocidad interpretativa del guitarrista en su instrumento.

Pasando al siguiente track, me descoloca (agradablemente) cómo el gordo logra sonar tan parecido a Stevie Ray Vaughn, sobretodo en el comienzo.  Es un blues (¡otro más!), que esta vez logra andar más por los cánones de Red House de Hendrix  y algo en los teclados de fondo que  también rememora a Shine on you, Crazy Diamond de Pink Floyd, por supuesto en su segmento blusero. Ahora, agregando esos solos, que quedan a medio camino entre escalas pentatónicas y las neoclásicas, por supuesto que la identidad de Yngwie J. Malmsteen está presente.

Otra pieza de corta duración, y que podría haber funcionado perfecto como preludio para esta entrega es Turbo Amadeus.  Y la verdad es que con ese nombre tan atingente, la descripción del tema no requiere análisis más que lo siguiente: Mozart, barridos, solos a lo largo de todo el track, y todo “zipeado” en un minuto y medio.

From a Thousand Cuts vuelve a trabajar una fórmula similar a High Compression Figure, no obstante esta vez los arreglos sinfónicos del teclado toman mucho más protagonismo, pero siempre acompañando, poniendo en bandeja la performance del hacha nórdico.  Un low tempo con un pulso muy marcado y pesado, una pieza –de nuevo- simple cuya complejidad radica en las florituras ejecutadas sobre las seis cuerdas.

Finalmente, en un tono mucho más melancólico, recibimos este Requiem for the Lost Souls. Un tema que suena bastante a eso, un Réquiem. Una pieza dulce, lenta y triste (podría tomar como referente el concierto Für Elise de Beethoven, pero electrificado, por supuesto), donde por seis minutos y algo,  los aficionados al melódico y refinado estilo del sueco disfrutarán su trabajo en la viola.  De a poco, la canción comienza a efectuar un lento fade out para ir desapareciendo, a medida que el volumen baja.

Eso es, estimados powermetaleros, lo que Yngwie J. Malmsteen nos ha entregado en esta placa.

Con respecto al sonido, no existe mucha diferencia con sus últimos dos trabajos (Perpetual Flame, 2008 y Relentless, 2010), una mezcla muy limpia y brillante en la base musical, para dejar por encima esa interesante disyuntiva en el sonido Malmsteen: ejecuciones limpias neoclásicas, pero con un sonido sucio, nacido de una stratocaster conectada a un Marshall.

Como pueden haber visto, no me tomé la licencia de comparar este redondo con sus trabajos anteriores.  Creo que ya no es necesario.  A estas alturas, todas las similitudes imaginables entre disco y disco son predecibles.  Claro está que, al saber que no hay vocalistas invitados al núcleo de esta obra, no habrán singles radiales del calibre de I’ll See the Light Tonight, Deja Vu o Facing The Animal, pero tampoco se extrañan demasiado, ya que las composiciones estuvieron diseñadas con propósitos meramente instrumentales.  Tampoco encontrarán reinvenciones del estilo, por lo tanto, lo más sensato que podemos hacer es escuchar los 13 tracks y dejar que esos pasajes melódicos nos alegren el día, sin prejuicios ni trancas.

En lo personal, creo que no es la obra más inspirada de su carrera, sin embargo, goza de buenos momentos  de eso que sus seguidores aclaman, su técnica y estilo.

Con Malmsteen, como ya mencioné, si alguien hubiese querido quejarse de su “falta de evolución” no debería haber esperado más allá de mediados de los ‘90 para hacerlo.  Al día de hoy, su sonido está completamente encausado en una dirección,  y que es precisamente la que su fiel base de fans espera con ansias.

Evitando comparaciones, y disfrutando lo que tenemos ante nuestros oídos, hay un buen acompañamiento en la medida justa de música selecta y metal.

 

El legendario guitarrista sueco YNGWIE MALMSTEEN lanzará este 5 de diciembre su reciente trabajo, «Spellbound».

Tim «Ripper» Owens (BEYOND FEAR, ex-JUDAS PRIEST, ICED EARTH), quien ha sido el frontman de la banda, tanto en vivo como en estudio, desde febrero de 2008, no aparecerá en el álbum. Esto debido a la imposibilidad de compatibilizar los compromisos adquiridos junto a DIO DISCIPLES, con la agenda de grabación del guitarrista.

El tracklist de «Spellbound» es el siguiente:

01. Spellbound
02. High Compression Figure
03. Let’s Sleeping Dog Lie
04. Repent
05. Majestic 12 Suite 1,2 & 3
06. Electric Duet
07. Nasca Lines
08. Poisoned Mind
09. God Of War
10. Iron Blues
11. Turbo Amadeus
12. From A Thousand Cuts
13. Requiem For The Lost

A continuación se puede escuchar un adelanto del álbum: