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A call to arms echoed through the Highlands… a simple death is not enough, no chance of giving up” (extracto de Gathering of the Clans). Más de dos décadas nos separan del legendario «Tunes of War» y hace diez años exactos Grave Digger continúa la historia de las tierras altas con «The Clans Will Rise Again». Bajo el sello Napalm Records, Chris Boltendahl y compañía traen una ansiada dosis del Heavy Metal al que nos tienen acostumbrados.

Luego de un inicio como corresponde con Days of Revenge, que ejemplifica la unión de dos mundos musicales, The Clansman’s Journey trae las gaitas (interpretadas por Paul Grothe y Andreas Grothusen) y tambores (a cargo del grupo francés Les Tambours du Bronx, quienes no son ajenos al Heavy Metal), para darle el pase a las guitarras y batería. Una transición que se completa con el primer tema propiamente tal: All for the Kingdom. Como el nombre bien anticipa, es un llamado a las armas para la defensa del reinado de Malcolm II, situándonos de inmediato en la Escocia del primer milenio. Como buen primer tema, el cabeceo es asegurado y el coro es fácil de pegar en la memoria auditiva. Por un breve lapsus, Axel Ritt—el maestro “Ironfinger”— nos traslada desde la Escocia de la Plena Edad Media hasta el barroco del siglo XVII con un impresionante solo neoclásico que cierra en conjunto con Jens Becker al bajo; melodía que pertenece a la universalmente conocida “Tocata y fuga en Re menor” del otro célebre Johann Sebastian (además de Mastropiero, por supuesto).

Lions of the Sea” abre con acompañamientos vocales (hums) siguiendo el motivo del coro, voces de aquellas que se hacen inevitable ser seguidas por las audiencias en vivo (a las que eventualmente volveremos a ser parte de). Grave Digger no está para “pasar gato por liebre”, no es poco común encontrar instrumentos VST que cumplan esta tarea y, está bien, es un recurso, pero la banda prefiere contar con voces orgánicas para efectos multivocales que van muy a la par con el tema central. La narración pareciera adelantarse unas décadas hacia la Batalla de Largs, evento en el que el rey Alexander II (descendiente de Malcolm II) se enfrenta contra la flota noruega liderada por el rey Haakon IV. Este es un ejemplo de un sello característico del sepulturero: la canción es un entretejido de narración e himno, a la costumbre de la lírica marcial.

El hombre-símbolo más reconocido de la historia escocesa y el concepto más acuñado para referirse a él tienen lugar en el álbum como la quinta canción: Freedom nos describe las reputadas hazañas de William Wallace y el espíritu que logró avivar en quienes lo acompañaron en las batallas por la independencia de Escocia, relatos que conocemos bajo la lírica de Harry, el juglar ciego. Se trata, a todas luces, de una canción de arenga y con su debido interludio actuado. Temas como estos hacen recordar la influencia de Grave Digger en bandas de corte folk como Finntroll y Ensiferum. Como todos sabemos, en más de algún inglés las proezas de Wallace se internalizaron como temor e incertezas sobrenaturales: había que controlar una sublevación encabezada por un gigante con la fuerza de diez hombres. Sin embargo, todos sabían que no era inmortal. El orgullo de los escoceses fue dañado con la humillación y muerte dada a Sir William, y las llamas de la independencia sufrieron una suerte de ordalía.

The Heart of Scotland se aferra a este clima en donde surgen las dudas; pero también las más fieras reivindicaciones de lealtad al rey Robert the Bruce. Seguramente para muchos este es el punto en el cual la magia del “Tunes of War” se hace más presente y las canciones se comienzan a teñir con esos recuerdos de ese discazo. Esto desde una perspectiva estrictamente musical, ya que es lógico hacer la conexión por estos dos insignes personajes. Nuevamente los tambores (¿bodhrans?) y las gaitas añaden el ambiente necesario previo a la canción, esta vez con una melodía más marcial, por lo que la transición se hace mucho más lógica e imperceptible cuando Markus Kniep entra marchando con la batería. Un coro imperdible y un solo de las llamadas small pipes de parte del músico Florian Bohm convierten a esta canción en aquellas a nombrar a la hora de recordar la saga de los clanes según los germanos.

No es justo comparar Thousand Tears con la insuperable The Ballad of Mary (Queen of Scots), pero me atreveré a decir que la primera cuenta con un pre-coro mucho mejor y más dinámico musicalmente. Y además de ese gran acierto, la balada cuenta con la presencia y gran registro de la frontwoman de BattleBeast, Noora Louhimo, que trae sus dos facetas vocales de talentoso contraste, un deleite para fans de ambas bandas.

Para retomar los ánimos, la energía se desata con Union of the Crown. El tema pasa galopante y rápido por los oídos: la canción no cuenta con grandes dinamismos, más bien lo contrario, se adhiere a la fórmula del Power Metal al grano con sólo dos versos y coros inalterados (esto último no es ajeno a la banda). Y así, como las letras narra una premonición o mal augurio, la canción siguiente, My Final Fight, se adentra en la Batalla de Culloden que toma lugar en el siglo XVIII y resultó en una derrota del pretendiente Carlos Eduardo de los jacobitas. El carácter musical continúa—al igual que el espacio-tiempo narrativo—y resulta en una canción también breve al oído e incluso más galopante en estilo (casi en énfasis de la antecesora). Y con estas palabras cuesta no evocar en la imaginación la imagen de un caballo y sobre él un jinete herido entre un mar de casacas rojas, tartanes y barro.

Las guitarras se introducen con la uñeta deslizada por las cuerdas y nos vamos hacia lo pesado de corte tradicional: Gathering of the Clans y Barbarian obedecen al estilo con que reza todo seguidor de la Iglesia de Judas Priest, ambos temas altamente cabeceables y como sacados del “The Clans Will Rise Again” (que se destacó por este carácter). Mientras Gathering of the Clans se pasea en un oleaje melódico y con un coro muy parecido a la melodía de The Dark of the Sun, Barbarian mantiene el arte férreo: la expresión tanteando entre pausas y una lírica estoica. Personalmente me quedo con este tema como mi favorito del álbum, es un hacha afilada y un martillo al mismo tiempo.

Y mientras las gaitas suenan nuevamente para anunciar la canción que le da el título al disco, Fields of Blood, sugiero servirse una pinta o un escocés para acompañar esta elegía que cierra este trabajo. En sus diez minutos de duración, la banda aprovecha dos interludios—el primero acompañado de guitarra acústica—para adentrarse un poco más a la memoria de los caídos. Como es de esperar, la melancolía cae hacia el segundo interludio del tema y con unos versos dedicados al llamado “Corazon Valiente”. Finalmente, luego de la coda de Fields of Blood, la marcha instrumental Requiem for the Fallen comienza a sonar a modo de punto final de este nuevo mosaico dedicado a los mártires de las Tierras Altas.

Un álbum meritorio para abrir una nueva década de Grave Digger y digno de mantenerse en la memoria de los fieles. Créditos al ilustrador de esta, para mí la mejor carátula de la historia del sepulturero, el ruso Alexander Tartsus quien además le rinde un tributo visual a Andreas Marschall, el ilustrador del Grim Reaper a lo piper que adorna la portada del “Tunes of War” (al ser incluido en ella como un espectro). No cabe duda que los germanos veteranos del Heavy Metal iniciaron bien este año.

Por: Gabriel Rocha