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Desde Irlanda desembarca con fuerza el noveno disco de Primordial bajo el humilde y desconocido sello Metal Blade Records y grabado en Camelot Studios. “Exile Amongst the Ruins” es un álbum que he de declarar dentro de los mejores del 2018 en el mundo del Metal en general. La banda de Dublín no ha sufrido grandes cambios en su formación, pero sí ha evolucionado desde el Black Metal que más fácilmente categorizaba sus inicios, hacia las marchas épicas cargadas de folklore celta que se hacen imposibles de no corear con puño al cénit.

El tañido de las campanas anuncia el inicio del disco y dos guitarras en afinación DADGAD resuenan con un eco a través de esta atmósfera de oscuro romanticismo a la que nos vamos adentrando. Nail Their Tongues hace su aparición con un sonido demoledor y nítido. Es imposible que el Rickenbacker de Pól McAmlaigh suene a bajo perfil en las frecuencias bajas, la presencia del bajo incluso desafía la batería que se introduce como si fuera un tambor de guerra. En esta marcha aparece limpio y grave Alan Averill Nemtheanga, vociferando versos hacia el oscuro tiempo de la Reforma protestante, donde el conservador Martín Lutero dictaba su exhorto hacia la Iglesia Católica (imperante en la isla hogar de la banda). La evolución de Primordial es evidente en el carácter de su sonido; sin embargo, no reniegan ni hacen apostasía del Black como se puede escuchar en el blast beat que da énfasis y conclusión a este primer tema, acompañado de la presencia gutural que Nemtheanga manifiesta a ratos.

El segundo, To Hell or the Hangman, que según las palabras del vocalista, narra un suceso de 1493 en donde Walter Lynch fue ahorcado por su propio padre, el alcalde de la localidad de Galway, James Lynch, luego de un incidente en donde el primero asesinó un comerciante español y asociado de su padre en un arrebato emocional causado por celos. A esta historia-leyenda se le llama “The Warden of Galway” y el oscuro incidente pasa por un galope constante que va dando forma progresiva a la canción. El tema engancha instantáneamente, una vez que se escucha es imposible dejar la historia e ignorar el angustiado coro de un personaje condenado.

La primera canción del eje temático del álbum, Where Lie the Gods transporta a la tierra mítica, al pasado antiguo y politeísta escenario de viejos ritos olvidados a ritmo del tambor grave. Con un carácter de influencia del Doom Metal, la canción es un lóbrego navegar de riffs que se mezclan a la perfección con pasajes acústicos, un acierto que en este disco es más moderado que los anteriores, ya que, no cuenta con flautas o mandolinas por parte de Ciáran McUliam, que se encarga de las guitarras, entre otras aproximaciones instrumentales ligado al folklore. Sin embargo, la falta de los elementos anteriormente descritos no supone menor absorción ni complemento folclórico. El trabajo con el encordado acústico se mezcla a la perfección con la distorsión reverberada de su contraparte rítmica Micheál O’Floinn, ambos dominan la característica del Black Metal de crear atmósferas con distorsión.

La canción central, homónima al disco, continúa con este navegar adentrándose en aún mayor oscuridad a través del relato que tiene como protagonista a los espectros que merodean las ruinas, esperando una batalla que nunca viene. Un interludio largo mantiene la tensión de la canción para retomar en un himno-lamento que termina Exile Amongst the Ruins.

En la obligación de elegir una canción sólida que introduzca a la banda, sería el quinto tema, ya que el lado épico de Primordial despierta con Upon Our Spiritual Deathbed, introduciéndose a través de una marcha que se abre paso por riffs perdidos en el eco ambiental. La canción se solidifica y Nemtheanga hace su aparición con una voz dura y de gran volumen. El coro a dos voces resalta el escenario bélico del personaje que transmite la voz.

Si hay algo que conocen bien los guerreros etéreos descritos por Primordial, es la muerte con la que conviven y resaltan sus últimas pasiones. Este es el sello que puede identificarse con la trayectoria de la banda, que ha alcanzado una madurez musical distinguida. Stolen Years es un ejemplo de esto último, que, aunque sea la canción más corta del álbum, posee una profundidad ejemplar, un carácter retrospectivo y nostálgico imbuido en sus letras, con una belleza simple y a ritmo lento.

Los habitantes de cualquier isla del mundo tienen en el ADN de su cultura el respeto que se le tiene al mar, un ente sabio, dador de vida y recursos, pero también iracundo e incompasivo con los que reciben su furia en navíos indefensos. Sunken Lungs impresiona de sobremanera con su rítmica peculiar, desafiante y desproporcionado juego de caja y platos que toma protagonismo, esta vez por sobre el bajo de McAmlaigh, y emula una suerte de oleaje que hace a la canción latir. Este incorregible vals a dos tiempos de las almas perdidas en la profundidad del mar es una canción osada y desautomatizadora.

Last Call cierra el álbum con impresionantes diez minutos de desarrollo que se aproximan al Doom clásico. La voz nuevamente se alza en el verso, por sobre el tono general que conducen los encordados para luego quebrar el ritmo y recomponerse hacia el siguiente segmento. Lamento lírico dinámico en melodía y siempre cambiante, se construye sin apuro y lentamente va adquiriendo la intensidad del metal que plantea Primordial, entre vaivenes y reuniones.

Está claro, Primordial no tiene la misma tonalidad guerrera de bandas como Sabaton o Turisas. Si ellos se quedan con los héroes, Primordial se queda con el fantasma del mártir iracundo que siente el sabor de la sangre en su boca, sangre que en tiempos remotos regó los verdes campos de Irlanda y el Reino Unido. No hay nada más épico que transmitir aquellos sucesos reformando el folclor local para canalizarlo con la potencia del Metal con los relatos que cuentan las piedras de las ruinas.

Por: Gabriel Rocha

El anuncio del evento “Metal Attack 2” fue un gran bombazo al traer a dos de las bandas más importantes del Metal más extremo, como lo son Napalm Death y Cannibal Corpse, y con el pasar de los días sumó dos anuncios que le dieron aún mayor peso a la velada: el estandarte del Thrash germano Destruction y los nacionales Recrucide, quienes se presentaban en un escenario nacional tras una gira por Europa.

Con una puesta en escena simple, sobria pero no por eso menos profesional, Recrucide fueron los encargados de abrir los fuegos de la jornada y dejaron en claro que todo el trabajo realizado a lo largo de su carrera se refleja en un show de una gran factura técnica de todo su equipo, mucha entrega en el escenario por y para la gente, lo que se ve reflejado en la gran placa “The Cycle”, lanzada a principios de año. Uno de los puntos más altos de la noche fue la versión de “Mambo Del Machaguay” de Los Jaivas, dejando claro que la banda se atreve a salir de su zona de confort y toma desafíos importantes, tales como versionar una de las composiciones icónicas de la música chilena. Desde el punto de vista más técnico, es importante destacar que el sonido estuvo impecable durante los treinta minutos de presentación. Lo único que se puede señalar como punto bajo es que el escaso marco de público no le hizo suficiente justicia.

Durante el intermedio, el Teatro Caupolicán comienza a llenarse rápidamente, tanto con la gente que hace su ingreso como con quienes empiezan a descolgarse desde la platea y poblar la cancha para Schmier y compañía, quienes apostaron a un setlist cargado a los clásicos como Curse The Gods, Nailed To The CrossyEternal Ban entre otras. la respuesta del público fue simple: hacerse pedazos en el moshpit, corear cada canción, correr en círculos y dando un marco espectacular al show de Destruction, quienes respondieron plenamente a su cartel de insignia del Thrash alemán entregando un show correctísimo. Una hora fue suficiente para dejar la adrenalina a tope para lo que serían los platos de fondo.

Ya con una cancha llena de punta a cabo, Napalm Death hizo su arribo al escenario con puntualidad inglesa, desatando una verdadera carnicería tanto sonora como escénica recurriendo en mayor parte a temas de sus discos más recientes pero sin olvidar clasicazos como Scum, Narcoleptic, el gran cover Nazi Punks Fuck Off de Dead Kennedys (donde vale la pena destacar la gran respuesta del público), Silence Is Deafening dedicada a Víctor Jara y la tremendísima You Suffer, que encontraron una gran respuesta de la gente a lo largo de los más de veinte temas que presentaron. Barney Greenway y sus secuaces siempre han sido una banda muy preocupada de sus seguidores, por lo que no es de extrañar que a lo largo del show haga hincapié en que se cuiden entre ellos, pero no dudó ni un segundo en llamarle la atención a un par de personas que se estaban golpeando de mala manera en el público y pedirles que dejaran de hacerlo. Una hora y media, más de veinte canciones y una presentación absolutamente demoledora.

Cerca de las 23:00 y con un pequeño retraso de un par de minutos que no empaña en lo más mínimo el excelente manejo de los tiempos del evento, George “Corpsegrinder” Fisher hace su ingreso al escenario flanqueado por Alex Webster y sin ningún tipo de aviso o anuncio comienza lo que debe ser una de las mejores presentaciones de Cannibal Corpse en nuestro país: directa, al hueso y alimentando la picadora de carne con un inicio cargado a “Red Before Black”. Si bien el inicio del show bien generó una gran reacción de la gente, recién con The Wretched Spawn se pudo ver al público realmente motivado y dejando la vida en lo que seguía en cuanto a repertorio. Cabe destacar que el resto del setlist presentó una selección de gran parte de su discografía, como A Skull Full Of Maggots, Devoured By Vermin, Gutted y el cierre del show fue con una tripleta que no dejó a nadie sin cabecear: Stripped, Raped And (FUCKING) Strangled, Make Them Suffer y el himno Hammer Smashed Face.

“Corpsegrinder” no es un tipo particularmente comunicativo, pero en esta ocasión demostró que para echarse al público al bolsillo no es necesario correr de lado a lado, rellenar con chistes o hacerse el payaso, sino que basta con darle a la gente lo que pide, y el que va a un show de Cannibal Corpse sabe que va a una matanza sin piedad. No obstante, se dio el tiempo de demostrar que se siente a gusto en nuestras tierras recordando que el canto de “Olé, Olé, Oleeeeeeeeeee, Canniiiiibal Cooooorpse” no envejece. Una vez más, Cannibal Corpse vino a dejar en claro que son una de las bandas más grandes de la historia del Death Metal, y lo hicieron de manera rotunda.

Sebastián Aguirre
Fotos:
Guille Salazar

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 “Nadie conoce la historia detrás de las sombras…”  (trad. verso King Vampire). Desde Concepción nace la leyenda de un regente olvidado y su trono de horrores pasados. Bloodline lanza su prometido álbum debut del sello independiente Burner Records del guitarrista Ignacio Albarrán de Soulburner. La banda—además de Ignacio, que también se ocupa de las voces—se compone por Eduardo Cid en segunda guitarra, Rubén Saavedra en bajo y Manuel Valenzuela en batería. Un cuarteto cuyo talento y energía ya ha sido demostrado ante escenarios locales de audiencia moderada, pero sólida.

Nunca será en vano, y mucho menos despreciado, iniciar con una introducción instrumental. Masquerade se encarga de establecer el ambiente lóbrego de los relatos en torno a la figura principal, el rey vampiro, en un arreglo animato de cuerdas graves, clavicordio y coros masculinos y femeninos. La introducción es conclusiva, por tanto, los riffs melódicos realizan su entrada en Creature Born from Pain luego de un breve silencio. Una dosis de Heavy Metal invade desde el canal auditivo, fácil de acomodar en la nostalgia debido al juego de las guitarras con las octavas y batería rápida que identifica al Power de los 90’s, antes de que se hiciera común el ver a bandas icónicas de aquellos tiempos en búsqueda de horizontes ligados al Prog. Sólo cabe suponer que es eso lo que hace que Creature Born from Pain o la rápida Will of Kill se sientan como canciones que pareciera que nos han acompañado desde hace mucho antes, como si fuera un recuerdo de vida pasada. El amplio registro de Ignacio se complementa con voces múltiples a lo largo de la canción, sutiles coros agudos, y también bajos se pueden escuchar por debajo de la presencia vocal de Albarrán, resonando como un delay o eco que da énfasis a los diferentes segmentos de las canciones. Imposible ignorar el parecido de la voz de Ignacio con el noruego Roy Khan (Conception, Kamelot), y sin decir más, los temazos Blackened Crown y Lilith dan el carácter necesario para evidenciar su similitud.

Al pasar las canciones, el álbum no parece doblegar su postura. A diferencia de otros grupos que se encargan de narrar una historia, Bloodline no acude al barroquismo de, por ejemplo, Symphony X: no realiza mayores devaneos o matices musicales o atmosféricos entre sus canciones, por lo que cada canción tiene un cuerpo definido y conclusivo, por lo tanto, rapsódico; unido temáticamente con diferentes caracteres y tratamientos melódicos. Las canciones responden a un esquema marcado mientras las letras se encargan de un aspecto temático que conforman el mosaico que es la leyenda del Rey Vampiro. Desde el silencio comienza in crescendo la imperdible Final Eden hacia un galopar que se va armando como una bola de nieve, pasando a través de diferentes intensidades por el verso, pre-coro y coro. Caso similar es la canción central y homónima del disco, King Vampire, que, abriéndose paso con naturalidad rítmica, se engancha en un coro difícil de sacar de la cabeza, para luego continuar raudo por las ondas.

Otra de las características llamativas del disco son las canciones que pasan a través de valles tanto melódicos como rítmicos. Destaco a Forbidden y Shadows of the Night dentro de esta agrupación tentativa. Sin embargo, no hay mayor oda neoclásica que We Will Rise, un guiño a los maestros de antaño desde el departamento del Heavy Metal.

El lenguaje dual de las guitarras está en su mayor expresión, la mezcla es pareja, y si bien el rango de volumen de la mezcla es derechamente plano y equitativo, los instrumentos suenan con pulcritud profesional que evidencia la experiencia de Ignacio detrás de perillas. Como broche final, el pasaje instrumental Acheronta Movebo presume el fin del álbum con una clara referencia al poeta Virgilio, pagano inmortal. Sin embargo, es necesario realizar una breve mención a los bonus tracks, ya que, entre estos se encuentra la versión en español de Lilith, madre de los vampiros y seductora de los hombres desde la creación del primero de estos. Es bueno que un tema en español se cuele en el disco, nos recuerda la localidad de la banda y que el Power chileno sigue vigente, imbatible e independiente.

Por: Gabriel Rocha

Seamos honestos. Cuando te enfrentas a un disco llamado “Dinosaur Warfare: Legend of the Power Saurus”, y su portada ilustra una mezcla bizarra entre los Dinoplatívolos y Guardians of the Galaxy, es algo difícil tomárselo con toda la seriedad del mundo. Sin embargo, como PowerMetal.cl es una web seria y responsable, comprometida con las cruzadas fantásticas propias del género (por muy extravagantes que sean éstas), siempre juzgaremos los trabajos por su música y no por lo “llamativo” de la temática del disco.

Dicho lo anterior, empezamos esta reseña consignando que Victorius es una banda alemana que a pesar de no ser muy conocida por estos lados, tienen una trayectoria respetable con cuatro discos a su haber, con los cuales han sabido cosechar críticas más bien positivas en diversos medios de la web. Aun así, esto no ha sido suficiente para poner su nombre en lo alto de la órbita metalera mundial.

En esta ocasión, influenciados por el videojuego FarCry y su expansión de dinosaurios y robots, la propia banda señala que “Deep from the age of prehistoric dinosaurs comes VICTORIUS – saving the world from a fucking alien invasion. Alongside the holy dinoforce these five madmen play Jurassic Power Metal with lots of high tech stuff and laser cannons”… ¿Algo más que agregar? No creo… Así, la banda comandada por David Bassin (vocalista) decide lanzar un EP con cinco canciones más una intro con la esperanza de allanar su camino hacia la primera división del Power Metal europeo. El resto de la banda se compone por Dirk Scharsich y Florian Zack en guitarras, Andreas Dockhorn en el bajo y Frank Koppe tras la batería.

El EP comienza con Saurus Infernus Galacticus, que pese a lo rimbombante de su nombre, es una de las introducciones más irrelevantes en la historia de la música metálica. Un rugido que no asusta a nadie entre sonidos de pistolas marcianas es la antesala de Dinosaur Warfare, un track de Power Metal melódico hiperventilado en su máxima expresión. Una voz de timbre dulzón, melodías rebosantes de felicidad y coros que recuerdan a representantes del Metal más acelerado como GloryHammer o Dragonforce. Es un tema de recursos bien trabajados aunque extremadamente cliché. La propuesta no es particularmente potente pero es coherente y cumple su cometido.

Legend of the Power Saurus hace gala de su colorido título, continuando con en el despliegue de positivismo exacerbado. Esto es Power Rangers Metal por donde se le mire. La banda trata de contar una historia que debiera ser cautivante; sin embargo, dicho concepto aparece algo distante en el horizonte de una composición livianita, algo plana y mundana. La fórmula de este Power Metal está tan esparcida y multiplicada que se necesita algo más que velocidad, técnica y melodías impecables para cautivar al radioescucha. Reminiscencias a los Power Rangers se hacen presentes en una canción que no entusiasma lo suficiente para hacer ¡Morfosis, amigos!

En el cuarto track Lazer Tiger Tooth los muchachos de Victorius se ponen un poquito más las pilas, pues aun cuando no quiebran ningún esquema, el tema sí muestra más emoción y evoca esas ganas de levantar el puño y cantar, muy presumiblemente por la mayor cantidad de matices vocales aquí presentes, y un coro de esos que entran a la primera y son facilitos de entonar y/o chamullar.

Con Razor Blade Raptor la banda nuevamente reemplaza un poquito de glucosa por pimienta, y con unos riffs notablemente más guerreros, los alemanes nos entregan una composición más sobria y cabeceable que las anteriores, acercándose a un concepto más Heavy/Power que puramente Power melódico.

Cerrando el EP llega Flames of Armageddon, la cual sigue la tendencia evolutiva de este trabajo, que a medida que avanza sacrifica felicidad y velocidad, dando paso a composiciones más sobrias y con más actitud, algo que personalmente se agradece. Esta última pista del EP es Heavy/Power europeo de mayor intensidad, con sólidos riffs y líneas vocales algo más aguerridas en comparación a las vocalizaciones imberbes y sin testosterona que iniciaban el disco. Un coro de esos bien épicos termina de moldear el que es, probablemente, el mejor tema del disco.

En resumen, el resultado es algo dispar. Por una parte, temas extremadamente felices en la primera parte del EP que no cautivan demasiado, contrastan con el buen cometido logrado en los últimos dos temas que coquetean más de cerca con el Heavy/Power metal que tanto disfrutamos por estos lados. Desde ese punto de vista, el orden de las canciones en este EP es un poco desafortunado, porque hay un riesgo inherente de fuga luego de escuchar las primeras canciones. Creo que el orden era precisamente invertir las canciones, o por último mezclarlas. En consecuencia, “Dinosaur Warfare: Legend of the Power Saurus” en un disco rescatable que será bien apreciado por los amantes del Metal más bien veloz y “feliz” (algo totalmente esperable juzgando la portada y nombre del EP)… pero para quienes no comulgan con el estilo, será uno más de los tantos discos que pasan sin pena ni gloria.

Hernán Bórquez

Pucha que se agradecen las propuestas como la que nos ofrece Wishing Well. Música con sentimiento, elegante, de melodías pegajosas y por sobre todo, rockera hasta la médula.

“Rat Race” es puro Hard Rock y sentimiento, producido por un puñado de talentosos músicos en donde destaca la presencia de uno de los nuestros, Rafael Castillo, el mismo de Fireland, que en esta ocasión deja la capa de superhéroe powermetalero y se pone un outfit setentero, un traje púrpura como veremos a continuación.

Wishing Well es una banda finlandesa que editó su primer disco “Chasing Rainbows” en 2016, cuando su propuesta era ligeramente distinta. En ese entonces, la banda hacía una amalgama de Rock/Heavy Metal un poquito más “genérico”, contando con Peter J. Goodman como vocalista principal y teniendo al gigantesco Graham Bonnet (Rainbow, Michael Schenker Group, Alcatrazz) como invitado especial, lo que da cuenta del calibre del debut de los fineses. Dos años más tarde, Wishing Well lanza su segundo larga duración “Rat Race”, que marca el debut de Rafael Castillo como vocalista de la banda. La inclusión de Rafa, sumado a la adición de un Hammond en la propuesta musical, da cuenta de un giro musical que a mi juicio no pudo ser mejor, el cual revisamos a continuación.

El disco comienza con Wheeling and Dealing, una de las propuestas más rápidas de la placa, donde el clásico sonido del Hammond sumado a los riff de Anssi Korkiakoski, de inmediato nos muestran “pa’ donde va la cosa“… esto es como la MKIII de Deep Purple pero en esteroides. Una intro in crescendo da paso a un bombazo que despliega una base rítmica potente, un Rafa que transmite toneladas de energía y un coro brillante, donde ningún detalle es dejado al azar y la fusión de elementos cuaja extremadamente bien. Sólido comienzo.

El segundo tema es uno de mis favoritos del disco, Children of Paradise, el que es sin duda un gran homenaje a Rainbow/Deep Purple, donde Rafa y compañía logran un cometido absolutamente notable. Si este tema se publicaba en los 70’… mamita querida. Un himno inmediato. El riff es tremendo, memorable desde la primera reproducción, y el coro de niños cantando el estribillo a modo de outro es un arreglo sencillamente perfecto. Cuánta elegancia en un solo tema. Impresionante.

Sleepless Nights sigue en la línea de los temas anteriores, entregando armonizaciones de guitarra y órgano impecables y atrayentes, creando melodías de Heavy Rock memorables y a prueba de todo. Pilgim Caravan, de corte algo más reposado, experimenta con sonidos orientales, algo gitanescos tambien, en donde instrumentos tradicionales y desenchufados se entremezclan perfectamente con la base rockera, entregando una canción que se asemeja bastante a algunas canciones del Europe dosmilero que tanto aplaudimos por estos lados.

Rat Race, quinto track del disco, es un tema muy entretenido y con una dinámica interesante, pues va variando la base rítmica, desplegando arreglos y colores que estructuran una propuesta bastante única. La suma de ideas consolidan un todo que hace todo el sentido del mundo, pero esta misma”versatilidad” hace que la canción sea un pelito más sesuda y menos “vacilona” que las anteriores.

Falling Out Of Love, tal como el título sugiere, es una canción romanticona, de estructura simple y directa. La colaboración femenina presente en largos pasajes de la canción armoniza a la perfección la interpretación de Rafa. “Rat Race” continúa con A Little Dream, un breve instrumental acústico, muy bonito por cierto, que pone la calma del disco. El trino de pájaros adorna una canción que bien podría ser utilizada como música de relajación.

Grain of Sand también es una canción lenta que explota todas las bondades interpretativas de la banda. Por una parte, la combinación de guitarras distorsionadas con el órgano hammond es una mezcla que innegablemente embelleció para siempre la música Rock por allá por los 60’-70’, recurso que Wishing Well utiliza extraordinariamente. Y por otra parte es menester mencionar el impecable cometido de Rafa, quien carraspea su voz de forma fenomenal, dándole a ésta un matiz distinto a lo que nos tiene acostumbrado en Fireland.

Siguiendo con las revoluciones a mid-tempo, You Can’t Keep a Good Man Down es una pieza de rock bien solemne que una vez más, proyecta una sombra púrpura inexorable.

Finalmente, con un riff de esos que producía Tony Iommi a comienzos de los 70’, la banda da paso a The Day of Doom. De atmósfera solemne, tiempos medios y armonizaciones maidenescas, la última pista del disco ofrece un cierre correcto, que resume de manera sobria los sonidos y recursos desplegados a lo largo del disco.

Para cerrar esta reseña quiero ser bien claro: “Rat Race” es un muy buen disco con algunos temas extraordinarios. Es cierto que algunas fórmulas no son 100% originales y que muchas veces suenan a propuestas ya conocidas, pero nadie podrá negar que este es un registro extremadamente bien logrado y honesto. Sus composiciones son muy ricas y cada compás de música aquí presentado está muy bien pensado y brillantemente ejecutado. Más de alguno podrá criticar que Wishing Well es la versión finlandesa de Deep Purple, algo que sería difícil de discutir, pero si el resultado musical es tan bueno, ¿realmente importa? Además, tampoco es que tengamos muchos Rainbows o Purples por estos días… por lo cual disfrutar de un exponente de esta calidad se agradece enormemente.

Por último, volver a decir que Rafael Castillo hace un gran trabajo en la voz. Su inclusión le vino muy bien a la banda y parte de la frescura con que llegan sus temas, pasa por la interpretación de nuestro compatriota. A quienes disfrutan del Rock clásico y las raíces del Heavy Metal, no pierdan más el tiempo: busquen este disco en Spotify, pónganle play y disfruten el viaje en el tiempo que ofrece Wishing Well.

Hernán Bórquez

En el año 2014, Mike LePond (bajista de Symphony X) decidió empezar su proyecto solista all-star en compañía de su compañero sinfónico Michael Romeo, “Metal” Mike Chlasciak y Allan Tecchio (Watchtower, Seven Witches), con quienes lanzó “Silent Assassins”, que si bien es cierto pudo haber pasado inadvertido para muchos, el disco no estuvo ajeno de muy buenas críticas.

Cuatro años más tarde, el trío LePond-Romeo-Tecchio reclutan algunos vocalistas de apoyo (Andry Lagiou, Noa Gruman, Veronica Freeman, Phyllis Rutter) y guitarristas invitados (Lance Barnewold, Rod Rivera), quienes comandados por el prodigio de las cuatro cuerdas dan vida a la presente entrega llamada “Pawn and Prophecy”.

El disco arranca con Masters of the Hell, un tema entretenidísimo que las tiene todas: comienza con un coro de voces bien powermetalero y melódico, luego sigue con un riff medio crossover que desemboca en estrofas frenéticas, en donde los gritos de Tecchio y la doble pedalera endemoniada del PC de Michael Romeo invitan a moshear con todo lo que se tiene. El coro es la única parte que parece entregar un poco de calma en una canción llena de pasajes frenéticos y que termina de la misma forma que empieza, melódico y poderoso al mismo tiempo. Una soberana patada en la cabeza para inaugurar el presente álbum.

Black Legend se titula el segundo tema del disco y vaya que bien le calza el nombre a la canción porque al igual que el track anterior, es un pedazo de temón. Eso sí, tiene otra onda, esto es Hard Rock, y del bueno. Una mezcla perfecta entre Rock & Roll y Heavy Metal que destila sentimiento y actitud… esto sumado a una ejecución instrumental perfecta guiada por la potente base rítmica que comanda el bajo de Mike LePond, no hace más que consolidar un tema sólido y directo que seguro encuentra su espacio en el espíritu rocanrolero que todo metalero lleva dentro.

Otro giro musical nos presenta el tercer tema de la placa, Antichrist. Una mezcla interesante de sonidos más modernos, pero a su vez muy enraizados en el Heavy Metal de fines de los 90’ es lo que presentan los asesinos silenciosos en este track. Algo de Adrenaline Mob se percibe, algo de Symphony X tambien, pero definitivamente también hay algo de Judas Priest, lo que hace de Antichrist una canción interesante, compacta, maciza y que por sobre todo, que funciona muy bien.

Si la estrella del show es Mike LePond, obviamente la especialidad de la casa es el instrumento de cuatro cuerdas (aunque en el caso de LePond, serian probablemente cinco o seis), y en I Am the Bull, el bajo es sin duda el protagonista principal. La canción se estructura entorno a dicho instrumento, y la performance de Mike es sencillamente notable… es menester recalcar que pese al protagonismo intencionado que tiene el bajo en esta canción, el instrumento está al servicio de la composición, y no al revés. El resultado es una canción algo más reposada que las anteriores pero igual de buena, y que curiosamente no se percibe solamente como un solo de bajo extendido, aun cuando en cierto modo lo es.

Avengers of Eden es otro de los cañonazos que entran al podio de “Pawn and Prophecy”. Aqui la formula es sencilla, no hay mezcla de estilos ni experimentos parecidos. La propuesta es directa y puta que se disfruta. Un trallazo de esos que duran tres minutos nada más, con un riff endemoniado que no te suelta, un ritmo de doble-pedal-estilo-metralleta incesante, un bajo que suena más fuerte que nunca y un coro que entra a la primera y te obliga a levantar el puño y cantar como si no hubiera un mañana. ¡Puta el tema bueno hueón ohhh!

Probablemente suene repetitivo y sea difícil de creer que todos los temas son así de buenos, pero adivinen que, Hordes of Fire es ¡igual de excelente que los anteriores! Con una cadencia un poquito más reposada, esta canción vuelve a adentrarse en esos terrenos en donde el Hard Rock y el Heavy Metal conviven en armonía, donde lo mejor de cada género contribuye a crear un monstruito que crece orgánicamente con cada escucha. A nivel compositivo el tema brilla con luz propia, pues además de la pasión y técnica que se despliega en cada compás, la cantidad y calidad de arreglos que hay en Hordes of Fire es notable.

Con The Mulberry Tree, penúltimo tema del disco, llega otra vuelta de tuerca porque aquí las distorsiones, los gritos y el mosh quedan afuera de la ecuación, y son sonidos acústicos los que protagonizan una canción que se percibe como una mixtura de tres elementos principales: música celta, guitarra española y un relato al más puro estilo Tenacious D. Sí, suena super raro, pero créanme cuando les digo que el híbrido funciona perfecto. Mención aparte a Rod Rivera en los pasajes de guitarra flamenca y a Tecchio, quien interpreta de forma perfecta la historia que nos van contando en The Mulberry Tree.

Finalmente, la guinda de la torta llega con el tema homónimo del disco, basado en la obra de William Shakespeare “Macbeth”. Pawn and Prophecy dura nada más ni nada menos que… ¡Veintiún minutos! Cual Transatlantic o Shadow Gallery, estos tipos ni se arrugan para interpretar un tema de veintiún minutos que es, adivinen qué… ¡glorioso! No es ningún misterio que los temas así de largos casi nunca calientan a nadie, porque son prácticamente inescuchables, pero este tema se deja escuchar con facilidad, es entretenido y se pasea por todos los estilos posibles que tuvieron cabida en temas anteriores… y más. No es una epopeya épica como The Odyssey (Symphony X) o un ejercicio exhaustivo de progresiones y virtuosismo en la onda de Transatlantic… Aquí hay Heavy Metal, Hard rock, Metal progresivo, shreddings, rocanrol, coros angelicales y gritos desgarrados, todo brillantemente ensamblado. Hay pasajes que podrían ser extraídos de la discografía de Elvis Presley, Symphony X, ZZ Top, Racer X, Deep Purple, Savatage, Led Zeppelin, Therion y Jethro Tull, ¡todo junto! Aquí los créditos son para Mike LePond por semejante composición, que podría haber sido separada fácilmente en cuatro canciones distintas por razones de índole comercial, pero el hilo conductor es tan coherente que hace sentido que sea una sola gran obra. Mención aparte a los mini solos de bajo entre cada una de las partes que componen la canción, marca registrada de LePond, que no solo son un despliegue de talento sino que se perciben como un conector apropiado para cada una de las partes del tema. Y que no se me olvide reconocer el trabajo de Tecchio que hace un trabajo excelente cantando y, más que eso, relatando la historia. Tampoco se puede dejar de destacar al siempre robusto Michael Romeo, encargado de dar vida a las extraordinarias líneas de guitarras que presenta esta composición, todos acompañados por las tremendas atmósferas interpretadas por el otro sinfónico invitado, míster Michael Pinnella. El resultado es impresionante, una canción sencillamente extraordinaria.

Al momento de concluir y evaluar este disco, la verdad es que no hay otros calificativos que agregar a las loas ya mencionadas. Mike LePond hizo un trabajo genial en “Pawn and Prophecy”. Una hora de música que te vuela la cabeza sin descanso. Probablemente no es un disco que vaya a cambiar la historia del Metal, porque no inventa nada nuevo, más bien amalgama distintas influencias de manera soberbia, dándole un sello, un toque personal y distintivo. Logra un sonido característico, suena a algo que no hemos escuchado antes, lo cual es encomiable. Por otra parte, tampoco es un disco que vaya a quedar en el olimpo de los mejores discos jamás producidos, pero ciertamente estará dentro de lo más selecto de su carrera y será uno de los grandes lanzamientos de este año.

“Pawn and Prophecy” es un disco honesto, innovador, apasionado y que derrocha talento, gracias a sus composiciones directas pero a la vez llenas de arreglos. Todo coronado por una obra de veintiún minutos que no deja detalles al azar y es reflejo de un trabajo serio, virtuoso y apasionado. Golazo de Mr. LePond y compañía. 666% recomendado.

 

Hernan Borquez

“Cuando no hubo compasión, el final vino sin razón” (trad. Labyrinths). El Metal nacional se vuelve a sacudir con fuerza con “The Cycle, el último lanzamiento de la banda de Death Metal Recrucide, precedido por el memorable álbum “Svpremacy. La banda está compuesta por Cristian Medina en batería, Hernán Muñoz y Rodrigo Alpe en las guitarras, además de Rodrigo Zepeda en vocales y bajo. Cuarenta y dos minutos de potencia y energía de la mano de los artesanos de este sonido sublime, que en vivo se potencia aún más.

Bajo el sello LQC Records, la mezcla y co-producción (junto a José Luis Corral) está a cargo de Francisco Arenas, en cuyo estudio se realizó también la grabación. Los arreglos corren a cargo de Lasse Lambert en LSD Studios en la ciudad de Lübeck, Alemania, y la enorme portada y concepto visual está a cargo de Aldo Rojas.

Sin obertura ni introducciones, “The Cycle comienza pedal a fondo con Disowned, un brutal llamado a la sublevación, directo al grano y sin mayores segmentaciones que pondrá a prueba tus parlantes y audífonos ante la potencia sónica que te destraba del silencio en el que estabas sumido anteriormente. Con los sentidos calibrados para recibir el sonido de Recrucide, entra Spiral en la lista, uno de aquellos temas que definitivamente quedan grabados en la retina auricular. Una equilibrada composición que se enfoca primero en crear una atmósfera, conteniendo, en líneas recitadas, la aparición del lado bestial de la voz de Zepeda hasta el momento del cambio de marcha (“Go! Go! Go!”). El complemento lírico recrea a la perfección la seductiva y autoritaria marcha de una espiral que despoja corduras lineales y existenciales.

Por su parte, Illumination recorre la idea de la fe ciega y el andar arbitrario hacia “la luz”. Los solos de Muñoz y Alpe son introducidos y desarrollados con maestría, en lo cual ayuda mucho la atmósfera a medio tempo, que permite sonidos disonantes que sacan jugo al rango dinámico del sonido. Imposible no cabecear el cierre de este tema.

Time es una canción muy brillante en cuanto al sonido de las cuerdas, pese a tener una batería poderosa y dinámica. El bajo es muy perceptible, muy presente, como si constituyera el corpus del tema entero, guiando la batería y el cabalgar de las guitarras.

El título del álbum es muy apropiado no sólo para el concepto temático, sino también para visualizar el fluir de las canciones. La sola idea del “ciclo” evoca imágenes interesantes al escuchar el álbum: tensiones gravitacionales, rupturas temporales, ejes, esferas, etcétera, pero antes de ponernos lovecraftianos, hay que mirar desde la otra vereda, porque los escritos de Zepeda también reflejan una dimensión concreta y “humana”. El potente groove de Insane, junto con Ira y The Guilty, son un ejemplo más evidente de esta característica. Pero volviendo a la música, Ira es un potente viaje up-tempo a través del blast de la batería de Medina. La canción está flanqueada por Insane y Labyrinths (o Labyrinth), generando así una especie de isla entre canciones que comparten el mismo tempo. Pese a que Labyrinths es la segunda canción más corta del disco (sin contar el outro Candelabrvm III), no se siente de tal manera, cosa que adjudico al enriquecimiento instrumental que posee. Las secciones líricas son un largo bis dividido por el espectacular solo de Muñoz y concluido por un demoledor ritmo a guitarras “muteadas”.

El mayor logro de Recrucide es el gran rango de expresión musical que poseen, además de ser muy moderados para conformar el sonido—casi minimalistas—sin arriesgar el valor atmosférico de la composición por sobre lo extremo que puede llegar a ser el Death Metal. Este aspecto se evidencia en todo el disco, pero la oda nihilista Zero es un ejemplo destacado de esta característica. Stay Away reúne todos los aspectos musicales de Recrucide, esto me dio la idea de invertir “el orden del ciclo” y escucharlo a la inversa, dejando Candelabrvm III como intro, sin embargo, nada se compara a escucharlos en vivo.

Gabriel Rocha

Hablar de White Wizzard es hablar de Heavy Metal a secas. Los oriundos de California comenzaron su carrera hace ya diez años y son sin lugar a dudas uno de los estandartes del revival de Heavy Metal tradicional que ha experimentado la escena durante la última década. Y esto no es casualidad porque los yankees se han ganado su sitial a punta de buenos discos: “Over the Top” (2010), “Flying Tigers” (2011) y “The Devil’s Cut” (2013), todos ellos en la vena más clásica del Heavy Metal, compartiendo la misma filosofía que predican Enforcer, Skull Fist o los nacionales Iron Spell, por sólo nombrar algunos.

Luego de sucesivos cambios de formación y cinco años de espera desde su último LP, White Wizzard nos presenta “Infernal Overdrive” con Wyatt Anderson en la voz, James LaRue en guitarras, el líder sempiterno Jon Leon en el bajo y Devin Lesback en la percusión.

El disco arranca con el single y homónimo Infernal Overdrive. Una introducción de redobles furiosos marca de inmediato un tono de agresividad y velocidad que se aleja del Heavy más tradicional, entrando en un terreno infernal, más agresivo, y que incluso coquetea ese Thrash Metal que cultivasen bandas tipo Forbidden. Sin embargo, el Wizzard se debe al Heavy Metal y es así como rápidamente la canción devela una influencia brutal, innegable y hasta cuestionable: Painkiller. Los primeros versos son casi un calco del clásico de Judas Priest. Si es un homenaje o un plagio, no lo sabemos, eso queda a criterio de cada uno. En general, Infernal Override es un viaje al sonido más noventero del género, más rápido y entrópico en comparación a la propuesta más NWOBHM que la banda acostumbra a presentar. Es un comienzo diferente, pero auspicioso.

Con Storm the Shores, los californianos vuelven a sus raíces con un sonido más tradicional y cercano a la NWOBHM, propuesta que por supuesto manejan a la perfección y disfrutan haciendo. El bajo de Leon aumenta sus decibeles, mientras que LaRue da clases de armonización y elegancia con esas típicas escalas maidenescas de principios de los 80′. Todo esto bajo la sólida percusión de Devin Lesback, que fiel al estilo, despliega ese ritmo galopante y lleno de arreglos, que también es marca registrada de Nicko McBrain y la doncella.

Siguiendo la misma linea musical, Pretty May entrega otra combinación de recursos clásicos que estructuran un tema sólido, de espíritu viejo y manufactura moderna, tal como uno esperaría al ponerle play a cualquier disco de White Wizzard. Es menos cautivante que su predecesor, pero que justifica su espacio en esta placa.

Cuatro golpes de hi-hat introducen Chasing Dragons, composición que quiebra de cierta manera la tendencia que viene presentando el disco. Aun cuando la formula es evidentemente Heavy, cierto elementos melódicos acercan este tema a propuestas más Power. Los ocho minutos de canción se pasean por diferentes sonidos que se entremezclan cómodamente, dando forma a un blend interesante, no tan directo, pero sólido al final del día.

El quinto tema es Voyage of the Wolf Raiders, segundo de los cuatro temas de la placa que se extienden por más de ocho minutos. Un comienzo acústico y de carácter nostálgico abre esta pieza musical, que evoluciona hacia riffs y melodías que es imposible no contrastar con el catálogo de la Doncella de mediados de los 80’. Se pueden identificar fácilmente tres o cuatro recursos que tributan lo hecho en canciones como Rime of the Ancient Mariner. Más allá de todo juicio en términos de influencia/tributo/homenaje, Voyage of the Wolf Raiders es un gran esfuerzo compositivo, muy bien logrado y brillantemente ejecutado.

Las influencias de Judas Priest, especialmente en términos vocales, vuelven al ruedo con Critical Mass. El trabajo vocal de Anderson sobresale del resto de las performances (y justifica su alias Screamin’ Demon), alcanzando notas ridículamente agudas, a veces innecesarias. Armonías complejas reemplazan los clásicos riffs en acordes mayores y el shredding de la guitarra da energía y vida a una canción de cadencia veloz y espíritu caótico. Diametralmente opuesta es Cocoon, séptimo tema de este larga duración, donde la banda baja las revoluciones del metrónomo y transmite sentimientos profundos y melancólicos más que de euforia y caos, gracias a la voz desgarrada de Anderson.

Similar a la propuesta anterior, Metamorphosis es un tema denso y reposado. En esta parte del disco White Wizzard parece querer intercambiar los cabeceos incesantes por la introspección reflexiva. No es que sean temas intrínsecamente lentos, pero tienen una atmósfera mucho menos putera que lo presentado en la primera mitad del disco.

Finalmente, cerrando “Infernal Overdrive” llegan los once minutos que llevan por nombre The Illusion’s Tears. En línea con los tema anteriores, la propuesta es menos infernal y más solemne. Guitarras sobrias, una base rítmica más pausada y un Anderson más contenido protagonizan una composición que deambula por pasajes que ilustran un White Wizzard menos callejero y más maduro… eso al menos hasta el minuto ocho de canción, cuando activan el interruptor metálico y vuelven a la carga con un riff cargado a la cafeína y con guiños a Kill the King de Rainbow, en lo que pareciera ser una estampa de Heavy Metal encargada de cerrar este larga duración de la misma manera que empezó.

En consecuencia, “Infernal Overdrive” es un trabajo positivo que termina de consolidar una nueva faceta de White Wizzard, pues da la impresión que se muestran como una banda más madura, con composiciones menos cañeras y más complejas. Entrando de lleno en el terreno de los juicios personales, honestamente no sé si esta es la fórmula ganadora. Por una parte, muy bien, evolucionaron… pero parece que eran más disfrutables cuando tenían una propuesta más simple y directa. ¿Será realmente así? Difícil de juzgar. Lo que sí es cierto es “Infernal Overdrive” es un buen disco de Heavy Metal que sigue pavimentando el camino de White Wizzard como uno de los grandes exponentes del revival de Heavy Metal que venimos disfrutando hace ya un par de años. Yo no soy devoto de los revival y la gran mayoría no me prenden para nada, pero hay que saber reconocer cuando la música es buena, y los californianos algo saben de eso.

Hernán Borquez

Rage es una banda de culto. Es cierto que a estas alturas ello suena a frase cliché, pero es una realidad palpable y verificable. El inagotable caudal compositivo de Peter “Peavy” Wagner sigue generando admiración: ¿cuántas bandas, hoy en día, son capaces de sacar tanta música nueva como Rage? Sólo un botón de muestra: la banda registra un disco el 2016 y otro el 2017. Eso lo hacían las bandas en los ´80, hoy prácticamente nadie saca discos así de seguido –con el devenir de la tecnología, las formas de generar recursos por parte de las bandas distan de orientarse hacia la creatividad compositiva–.

Pero Peavy es un experto remero contra la corriente. La primera –y hasta esta jornada, única– vez que vino Rage a Chile fue en ese enorme 2011 plagado de conciertos que muchos pensábamos como irrepetibles. Y creo que muchos pensamos en que Rage no volvería a pisar estas tierras, son un grupo más bien de “nicho” y difícilmente sea un gran negocio económico aventurarse a traerlos. Sin embargo, se hacía realidad la chance de tener nuevamente a Peavy sobre un escenario nacional, esta vez junto a Vassilios “Lucky” Maniatopoulos en batería, y al venezolano Marcos Rodríguez en guitarra y coros.

Para intentar resumir en una frase corta lo que fue el show, me daré el lujo de plantear una situación de gusto personal. Quien escribe estas líneas es fanático de la guitarra del bielorruso Victor Dmitrievich Smolski, un verdadero genio de las seis cuerdas a quien vimos con Rage el 2011 y que hace algunos años abandonó la banda. A tal punto que quizás Smolski esté convocado a su banda ideal, o al menos sea un reserva de lujo de Wolf Hoffmann y Kai Hansen. Sin embargo –e intentando ahora dar con la frase prometida al principio de este párrafo–, lo mejor que le pudo haber pasado a Rage es la llegada de Marcos Rodríguez.

Qué está diciendo este caballero”, se preguntará el amigo lector que no fue al concierto. O el que fue. Intentaremos explicárselo a lo largo de estas líneas que, como nunca, procurarán ser breves.

Llegamos al Pub Subterráneo poco antes de las 20.00 y nos encontramos con la primera banda soporte, Austral, probando sonido y con un telón de fondo con el logo de la banda. Palabras aparte para Subterráneo: un recinto ordenado, con buenas instalaciones, menos caluroso de lo previsto, con buena venta de productos, hasta con baños sin necesidad de usar gualetas, sin olores inaceptables ni mucho menos nauseabundos. Dedo para arriba.

Con unas doscientas personas en el recinto, y con algo de atraso respecto a lo previsto, los muchachos de Austral comenzaron su presentación a las 20:15 horas. No había tenido la oportunidad de escuchar a estos muchachos y de verdad su propuesta de lo que ellos mismos denominan como “Metal Étnico” es bastante interesante y admite muchas posibilidades de desarrollo. Presentando buena parte de su trabajo que mezcla elementos de Metal con influencias evidentes de nuestra música de pueblos originarios –particularmente de la zona sur–, este quinteto nacido en el 2009, compuesto por Pablo Yáñez en voz, Mario González en guitarra, Juan Francisco Contreras en bajo, Luis González en batería y Jorge Saldaña en percusión, exhibe un atrevimiento que hace inevitable recordar a “Roots” de Sepultura, aunque evidentemente desde una perspectiva chilena, con diversos instrumentos extra.

Con algunos ritmos de cueca, momentos en que Pablo sacó sonidos de una trutruca o de cascabeles, el propio Pablo con Mario tocando flautas, lo de Austral llama la atención no sólo por su puesta en escena, sino porque además no pierden la esencia de ser una banda de Metal, con actitud, incluso el propio Pablo recuerda –guardando las proporciones– algunas cosas de Phil Anselmo aunque sin ese elemento tan cuestionable de autoinferirse lesiones craneanas con el micrófono. Presentando material de su disco 2017 “Patagonia”, que busca representar los genocidios de pueblos originarios en el sur profundo de nuestra tierra –particularmente los Selknam–, son una banda para darle más de una vuelta. “Patagonia” está completo en YouTube y definitivamente vale la pena explorar la propuesta de Austral, que a lo mejor cuesta un poco en principio conectar con ella –para quienes somos un poco más cerrados–, pero que pasado ese umbral de cierta incredulidad, uno logra apreciar y disfrutar. Muy interesante lo de Austral, que en media hora de show capturó nuestra atención –incluso la de “Lucky” Maniatopoulos, baterista de Rage, a quien vimos presenciando parte del show como un asistente más, probablemente le haya llamado la atención ver a un percusionista además del baterista– y nos hizo sentir un poco más chilenos, no en el sentido chauvinista, sino que como parte de esa mezcla racial siempre dinámica que nos hace ser quienes somos.

Setlist de Austral:

Newen
Kloketen
Cacería
Mantra Suicida
Franja de Sangre


Luego de que la organización hiciese pasar a los ganadores del Meet & Greet con Rage, a las 21:00 horas sería el turno de Iron Spell, una de las bandas insignias de ese Metal más tradicional que tiene un circuito extremadamente fiel en nuestro país, ese Metál con tilde en la á, con esas cosas retro de escucharlos en cassette y con walkman mientras uno se hace una piscola con Free y pisco Control, más metálico que metalero. En este circuito al que hacíamos referencia, Iron Spell la rompe con su puesta en escena retro y con mucho cuero, genera una adhesión tremenda por parte de su fanaticada, y si bien ahora los asistentes iban primordialmente a ver a Rage, el quinteto compuesto por Merciless en voces, Rocko Van Roman en bajo, Raiden y Terry en guitarras y Steelhammer en batería no tuvo el más mínimo problema en conquistar a una audiencia ya cercana a los trescientos espectadores y convertirla en esa caldera que ellos logran formar en sus presentaciones.

A estas alturas no es disparatado sostener que Torches In The Woods, We Are Legion o Heavy Metal Witchcraft son clásicos del Metal nacional, y particularmente este último corte, con el cual cerraron su presentación tras media hora una importante dosis de Metál tradicional, con Merciless mostrando un vinilo de su ya famoso demo “Heavy Metal Witchcraft” que le fuese entregado desde el público. A estas alturas del partido, Iron Spell es jugar a la segura y siempre es un agrado presenciar su entrega, puesta en escena y capacidad de transportarnos a años fenomenales que a muchos nos habría gustado haber vivido.

Setlist de Iron Spell:

Evil Gipsy
Night of The Mothman
Torches In The Woods
We are Legion
Riding in the Darkness
Heavy Metal Witchcraft 

Cambia el telón por parte de la portada del último trabajo de los alemanes, el solidísimo “Seasons Of The Black”, y llegaría lo que todos estábamos esperando: la salida a escena de Rage. A las 21:45 se fueron las luces y una intro mezcló algunos pasajes de canciones de Rage sonando como en una radio AM mal sintonizada –alcanzamos a detectar Until I Die y Soundchaser–, pasando a la breve instrumental Gaia como intro de Justify, tema de la última placa de la banda y que abriría los fuegos del plato de fondo de la velada. Sale primero Lucky hacia la batería, luego el venezolano Marcos con su guitarra y, finalmente, por supuesto, el gran Peter “Peavy” Wagner, respecto del cual a uno se le ocurren muchos adjetivos calificativos, pero uno se aventura a sostener que el que quizás mejor le quede, sea el de ser un tipo querible. Con esa impronta temible de ser un individuo de más de 1.90 metros de estatura, superar con largueza los tres dígitos en la balanza y una barba intimidante, Peavy sonríe, nos saca la lengua y se le nota feliz en el escenario con su voz raspada, quizás no virtuosa, pero con la solidez y potencia de siempre.

A continuación de los primeros “Peavy, Peavy” que después derivaron a “Marcos, Marcos” y finalmente a “Rage! Rage! Rage” por parte del público, Peavy nos saluda en español diciéndonos “hola amigos, ¡qué pasa!”, y luego nos pregunta en inglés si estamos listos “for some fucking Metal!”, y sin respiro nos lanzan uno de los más intensos, rápidos y descuajaringadores temas de toda la carrera de Rage, una joya como Sent By The Devil. Uno veía la cara de Lucky machacando los tarros con ese incesante “tuca tuca” y se conmovía, y también llamó la atención que Marcos logró hacer la armonía de parte del solo, recordando que en el tiempo en que se lanzó el glorioso “Black In Mind” –disco al que pertenece esta canción– la banda tenía dos guitarras.

Después de bajar un poco las revoluciones con From The Cradle To The Grave de “XIII, Peavy nos dice que es maravilloso estar de vuelta en Chile y nos presentó a la banda, y en su primera intervención con el público, Marcos derechamente se robó la película, en el buen sentido. Un individuo con un talento sorprendente, como iremos viendo, no sólo por ser un muy buen guitarrista, sino que un tipo muy carismático y simpático, que no sólo nos habló en español, sino que imitó el acento chileno con frases “cantaditas” como “la raja hueón”, causando carcajadas del público. Y Peavy nos pregunta si nosotros los metaleros somos gente que hacemos las cosas a nuestra manera, evidentemente introduciendo lo siguiente, que sería My Way, uno de los temas más destacables de los últimos años de carrera de un trío que suena con tal nivel de potencia y sincronía que uno no puede entender cómo cresta pueden hacerlo si son sólo tres.

Los “o-ooo-oh, o-ooo-oh” del público, tan típico de los conciertos metaleros, fue seguido por Marcos y Lucky durante algunos instantes, previos a que Peavy nos presentara Nevermore, clásico de “The Missing Link”, otra de las joyas con las que cuenta el catálogo de Rage, muy coreada por un público que respondió de la misma forma con el corte que abre la última placa de la banda, Season Of The Black, una patada en la cabeza con estoperoles. En este tipo de conciertos, quizás menos masivo y más de nicho, una de las gracias es que el público generalmente es muy fanático y aplicado, y reacciona casi de la misma forma con clásicos de los ’80 o ’90 que con temas actuales. Lo que en otros conciertos marca contrastes evidentes en ese aspecto, en este show no se vio y parece un buen momento para destacarlo en esta reseña.

Vendrían nuevos “Rage! Rage! Rage!” del público y agradecimientos de Peavy (“muchas gracias, cabrones!”), tras lo cual líder nos comenta que van a tocar un tema que no han ensayado mucho, y la intervención de Marcos “en chileno” diciéndonos “puta que buena, hueón” causó una nueva tempestad de risas, que aumentaron cuando el propio venezolano nos dijo que lo siguiente provendría de un disco lanzado en 1996, y que fue uno de los primeros temas de la banda que él escuchó porque ese año él nació. Luego, con un ceño forzadamente adusto nos dice que “ahora, serio, porque somos Rage”, nos presentaron Deep In The Blackest Hole y End Of All Days, dos solidísimos cortes del propio “End Of All Days”, uno de los trabajos más queridos de toda la carrera de la banda. Excelente momento de sing-along con el segundo de los temas mencionados.

A continuación de Turn The Page, con Peavy sacando la lengua en su forma tan característica, Marcos nos dice que su madre está en Tenerife, al otro lado del “charco” (refiriéndose al Océano Atlántico), y quiere que ella escuche cómo lo estamos pasando, haciéndonos emitir un grito colectivo que, esperamos, se haya sentido en las Islas Canarias. Un tipo muy simpático y sencillo, con el cual tuvimos la oportunidad de intercambiar un par de palabras antes del show, mostrándose muy contento por estar por primera vez en La Patria Grande junto a Rage, dándonos las gracias por el recibimiento y presentándonos un tema de “Black In Mind” compuesto –cómo no– por “la leyenda Peavy, y que espera que el propio Wagner se lleve un lindo recuerdo de la reacción del público con The Price Of War, otra gema destacada de una placa extraordinaria como la señalada.

Nuestra reacción fue calificada como “amazing!” por parte de Peavy y Marcos, y acercándonos –lamentablemente– al final del show, la banda nos entregaría el single de su último disco, la excelente Blackened Karma, tras lo cual Marcos nos dice “nos vemos, chao”. Ante nuestra negativa, vendría otro de los platos fuertes, “la canción más antigua de la noche”, incluso Peavy nos señaló que “ni siquiera me acuerdo cuándo la compuse”. Nada menos que esa gloriosa pieza llamada Don’t Fear The Winter, probablemente el tema insignia de Rage, que provocó la reacción enfervorizada de un público que quería más. Sin embargo, la banda se despidió por unos momentos del escenario, terminando la primera parte del show.

Pero quedaba algo más. La banda vuelve a escena con la última canción de la jornada, nada menos que Higher Than The Sky, sin dudas uno de los temas más queridos de la banda y con la que acostumbra cerrar sus shows. Pero la interpretación contaría con un Marcos que se robaría la película. Peavy es tan inteligente como humilde y no tuvo problemas en ceder el protagonismo a un hermano hispanoparlante tocando en Latinoamérica, que se sintió a sus anchas llamando a los “higher than the sky, we’re / higher than the sky, sky, sky”. Sin embargo, el jam de guitarra y los homenajes a Ronnie James Dio con pasajes de Heaven And Hell y Holy Diver fueron realmente impresionantes, fundamentalmente gracias al histrionismo, talento y carisma de Marcos para no sólo cantar muy bien, sino que imitar excelentemente el timbre y el lenguaje corporal del fallecido Enano Maldito. Así, a las 23.10 horas, y con la banda manifestando desear vernos pronto nuevamente, Rage se despide del escenario, con Marcos metiendo pasajes de La Marcha Imperial en el final del tema y con un Peavy dándole un fraterno y paternal beso en la cabeza al momento de otorgarnos su reverencia de despedida.

¿Bueno, pero corto? ¿O corto, pero bueno? Queda a criterio de quien haya estado presente. Lo que sí, parece no haber duda alguna en que se trató de un show redondo, que no decayó en ningún instante, con un sonido bastante bueno y con una banda cuya solidez y redondez sigue sorprendiendo, y perdura esa sensación de incredulidad de cómo se puede sonar así siendo apenas tres músicos. Se nota una banda rejuvenecida y revitalizada con esta formación, y definitivamente hay Rage para rato. Y si además tenemos ahí a un hermano latino, ¿qué mejor?

Setlist de Rage:

Gaia (Intro) / Justify
Sent by the Devil
From the Cradle to the Grave
My Way
Nevermore
Season of the Black
Deep in the Blackest Hole
End of All Days
Turn the Page
The Price of War
Blackened Karma
Don’t Fear the Winter
Encore:
Higher Than the Sky / Heaven and Hell / Holy Diver / Higher Than the Sky

Review: Darío Sanhueza De la Cruz
Fotos: Diego Pino