Megadeth
Teatro Caupolicán - Santiago, Chile
7 de septiembre de 2012

No es ningún misterio que la banda liderada por el colorado David Scott Mustaine es muy querida en esta parte del mundo, y a mi juicio ello no sólo se debe a su indesmentible calidad, influencias e importancia en la historia del Metal en sus distintos sub-estilos, sino que también al hecho de que es una de las bandas que más ha visitado el sur del mundo. Por compararla con sus “congéneres” del llamado “Big 4”, Metallica ha venido tres veces, Anthrax otras tantas y Slayer cuatro (cinco si consideramos como “doble” su última visita que los trajo a Santiago y a Viña). Megadeth ha venido en siete oportunidades anteriormente y en distintos contextos, en festivales y haciendo shows en solitario, pero esta característica, que para algunos quizás sería perjudicial en el sentido que a lo mejor “están muy vistos”, a Megadeth le ha servido para generar aun más cercanía, reinventándose en cada una de sus visitas y siempre teniendo algo nuevo qué mostrar o algo antiguo a qué sacarle lustre.
Y ese es el contexto en la cual Mustaine y sus secuaces visitan por octava vez nuestro territorio. Se anunció con bombos y platillos que en esta oportunidad revisitarían uno de los discos más icónicos de su nutrida discografía, el estupendo Countdown To Extinction (1992), celebrando los veinte años de esta determinante placa en la historia del Heavy Metal y probablemente, junto a Rust In Peace (que ya fue “recordado” en otro show temático de la banda, hace dos años en el Arena Santiago), una de las preferidas de la fanaticada de Megadeth. Además se anunció –en una hábil movida– que el show sería en el Teatro Caupolicán, recinto que como sabemos es bastante más pequeño que otros venues donde anteriormente ha tocado la banda, y consecuencialmente le añadiría un componente de “exclusividad” a quienes adquiriesen sus tickets para esta velada, lo que obviamente produjo un notorio crecimiento en el interés del fan en comprar sus entradas y que éstas se agotaran rápidamente, generándose –como era previsible– un segundo show, esta vez centrado en otro de los discos “queridos” por los fans, Peace Sells… But Who’s Buying (1986). Por lo mismo, la expectativa era la de una jornada intensa y con un recinto lleno hasta las banderas.
Ya al llegar al recinto uno podía notar que esta expectativa iba a cumplirse y de buena forma. Una cosa es que a uno le digan que va a ir a un recinto lleno, pero otra cosa efectivamente es estar allí y formar parte de esa impresionante masa humana que paulatinamente comenzó a crecer a medida que se aproximaba el kick off del show, agendado para las 21.00 horas. Hace tiempo que no veía el Caupolicán tan lleno, pues a minutos de comenzar el show unas 5.000 personas colmaban el recinto de calle San Diego de manera inolvidable.
Palabras aparte para la previa. El ingreso segregado para cancha y platea estuvo bastante ordenado, y realmente al interior del teatro fue de las previas más encendidas que uno recuerde en el último tiempo, con el público adaptando la primera parte de Run To The Hills de Maiden, reemplazando el “white man came / across the sea…” por “Megadeth, Megadeth”. Una pequeña muestra de lo ansioso que estaba el público de ver a Mustaine y sus amigos. Poco antes de la hora de inicio, se vio en la pantalla gigante que hacía las veces de telón (en la más grande de ellas, en el fondo, puesto que a cada uno de los costados de la batería había dos pantallas más pequeñas), al colorín con camisa blanca en los camarines amarrándose los zapatos, preparándose para lo que vendría, desatando el delirio del público con los primeros “olé, olé olé olé… Mustaine, Mustaine”.
Pues bien, con “cancha llena”, en un ambiente más que caliente y con un público ávido por ver al californiano Mustaine, acompañado de sus ya consolidados amigotes Chris Broderick en guitarra, el canadiense Shawn Drover en batería y el clásico David Warren Ellefson en el bajo, a eso de las 21.10 horas la pantalla gigante muestra a la banda en el backstage lista para salir a escena. Se apagan las luces, sale a escena Drover y comienza a ejecutar la inconfundible intro de batería de Trust, tema que con los años se ha ido transformando en un clásico. Salen a escena uno a uno los cuatro músicos (Drover, Ellefson, Broderick y Mustaine, en ese orden) ante el estallido total del público y los primeros “uo-o-o-oh” junto a una masa uniforme que saltaba al ritmo del tema, que, como veremos y sería la tónica de toda la jornada, fue “arreglado” un tono más abajo, indudablemente en razón –y como se confirmaría a lo largo del show– a que lamentablemente la voz de Mustaine está más lastimada de lo que uno quisiese. Ello y un sonido menos que regular en ese momento quizás en otro show habrían conspirado de gran forma para provocar sensaciones más desagradables, pero era Megadeth en vivo, en el Caupolicán, y al menos en ese instante no importaron demasiado estos factores en contra.
Sin descanso y sin piedad, pese al sonido –además la batería sonaba un poco “tarrienta”–, Megadeth nos lanzó a la cara otro clásico, Hangar 18 con imágenes de su video en las pantallas de fondo. No llevábamos ni cinco minutos de show y la locura era evidente, como si fuese la primera vez que los veíamos, aunque seguramente sí la fue para no pocos asistentes, pues sabemos que el público se va renovando, que el Metal tiene esa característica tan propia de ser una música que se adquiere por la entrega de un testimonio, más que por los medios de difusión más estándar. Ya ahondaremos en ello respecto a un episodio más especial que ocurriría más adelante. Bueno, tanto los que disfrutaban de un show de Megadeth por primera vez como quienes los hemos visto en otras ocasiones, vibramos de la misma forma ante un imperecedero clásico y que fácilmente está en el podio de los temas tops de la banda de Vic Rattlehead. Pese a que costó acostumbrarse a escuchar este tema un tono más abajo y que Mustaine se escuchaba tan bajo que parecía un gran karaoke, era un gran comienzo de show, emocionantemente participativo. Y eso que Dave aún no se dirigía al público y pasaría bastante sin que eso sucediese, no necesitamos escuchar hablar al líder para dedicarle otro “Olé, olé olé olé… Mustaine, Mustaine”.
Sé que quizás sea minoritario en esta apreciación, pero Cryptic Writings (1996) está dentro de mis dos o tres discos favoritos de Megadeth. Y sin dudas uno de sus más destacadas gemas sea la enorme She-Wolf, con esa onda tan Maiden en el solo armónico del final, que también fue recibida con intensidad por la fanaticada, y reconociéndole participativamente su calidad de clásico. La fantástica respuesta del público coreando el solo con su “uo-ooo-ooo-oooh”. Llevábamos apenas tres temas y estábamos hablando de un show difícil de olvidar, fundamentalmente por el fervor de la gente, realmente impresionante.

Llegaría el momento de calmar en algo las revoluciones, pero no las gargantas, pues sabemos que À Tout Le Monde es quizás el tema más coreado en su completitud por el público que asiste a los shows de Megadeth. No sé si tendrá que ver el recinto, cubierto y más pequeño que el Arena, pero fue realmente atronador el “à tout le monde, à tout mes amis, je vous aime, je dois partir”, conmovedor, piel de pollo al máximo para uno de los temas cuya emocionalidad más toca la fibra de quienes presenciamos a la banda en vivo. Brillante momento, emocionante en grado sumo y realmente dio un poco lo mismo el tono más bajo y la escasa respuesta vocal de Mustaine.
Tras este comienzo alucinante, con cuatro gemas destacables de la discografía de Megadeth, tocaría el momento de recibir algo de lo nuevo de la banda, que si bien ya habían tocado en su show de hace menos de un año en el Festival Maquinaria, era el momento de defenderlos ante un público 100% suyo. Whose Life (Is It Anyways?) es un tema bastante entretenido de Th1rt3en (2011), pero que adquiere un nuevo brillo al ejecutarse en vivo, siendo recibido de muy buena y respetuosa forma por el fanático y especialmente por el más aplicado que la coreó tal y como coreó temas más clásicos. Pese a ello, al no ser abrumadoramente cantada, fue el momento para ”diagnosticar” de mejor forma cómo estaba sonando el show y, en estricto rigor, hay que decir que estaba quedando al debe, especialmente en lo referente a la voz de Dave.
Tras cinco temas, por primera vez Mustaine se dirigiría al público. El tipo tiene un carisma muy pocas veces visto, sabemos que quizás sea medio “malas pulgas” pero arriba del escenario el tipo genera una devoción impactante. Es capaz de pararse en el escenario, caminar con parsimonia sin decir nada, mover un brazo y tener a cinco mil personas alucinando con ese movimiento, y qué decir cuando comenzó a recibir banderas chilenas, no recuerdo un show donde se hayan lanzado tantos emblemas patrios al escenario. Tras unos “I love Santiago” y “muchísimas gracias chicos” (en un esforzado castellano), anunció lo siguiente como un tema que tiene que ver “con la escena del crimen en Estados Unidos”, Public Enemy No 1, corte de su última placa que crece muchísimo en su versión en directo tanto por la participación del gran David Ellefson haciendo palmas como por el aderezo de estar apoyada en video con escenas de su maravilloso videoclip con orangutanes, dejándome la sensación de que fue ejecutada un poquito más acelerada que en su formato original de estudio –pese, como a hemos dicho, a la baja de tono, hasta para los temas nuevos–, y así se entendió, con una excelente respuesta.

Se supone que tras esta vista al presente, necesaria para mostrar y demostrar vigencia y no vivir de las rentas –que legítimamente se han ganado–, era la hora de ponernos el cinto espacio-temporal de Mampato y viajar en el tiempo, situándonos en 1992. Pero antes de esto, sucedería algo muy especial. Vimos a Mustaine acercarse hacia la derecha del escenario e hizo subir al escenario a dos niños pequeños, de unos seis años de edad cada uno, ambos vestidos con ropas metaleras, en todo un símbolo hermoso del traspaso generacional del cual vive y se nutre esta música. Los niños, obviamente tímidos y sin dimensionar dónde estaban, atinaron a decirle al micrófono a Dave que se llamaban Ignacio y Luis, marcando un momento de verdad inolvidable en la historia del rock en Chile. El colorado estaba feliz y se le notaba, quizás él tiene claro el regalo a perpetuidad que le dio a dos niños que recién están empezando en esto del rock y contaron con una bendición que muchos de nosotros habríamos soñado con tener a la edad de estos pequeños.
Tras este lindo momento, Mustaine nos pregunta porqué estábamos allí. La respuesta era obvia, ¡¡el vigésimo aniversario del Countdown To Extinction!! Está bien, un tono más abajo, con Mustaine lejos de sus mejores tiempos, pero… ¡¡El Countdown completo!! Repito algo que dije antes: una cosa es que te lo digan, una cosa es que te lo anticipen, pero otra distinta es estar allí, en el lugar, para vivirlo con todos los sentidos. Por ello el escuchar los tremendos sones de esa metralla de riff del inicio de Skin O’ My Teeth tras la presentación de Mustaine tuvo dos valores: el primero por el tema en sí mismo, que es grandioso y en vivo quedó demostradísimo, con uno de los momentos más cantados de la noche al llegar al coro, y el segundo porque estaba empezando la revisitación de uno de los discos más importantes de la historia del Metal, en vivo, completo y para todos nosotros. Es decir, ya no habría sorpresas en el setlist y en el orden de los temas, pero cuando en algunos casos esas certezas producen el efecto de matar la sorpresa, en este caso me parece que hizo aun más intensa la expectativa por lo que vendría con los siguientes temas.
El “Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth” tan de estadio que inventaron nuestros hermanos argentinos para Symphony Of Destruction tendría su versión importada chilena en este 2012, y de qué forma, atronadora, ensordecedora, realmente da gusto formar parte de una masa de público tan participativa y devota, tan así que hacía dar lo mismo el discreto nivel vocal del querido Mustaine y de que varios no podíamos acostumbrarnos a escuchar estos clásicos en una escala más baja.

Hay temas que Megadeth estaba ejecutando por primera vez en vivo en esta gira, y el primero de ellos en esta velada sería la gran Architecture Of Aggression, que en mi concepto fue el tema que se vio más afectado en la noche por la baja de la escala y por el sonido que nunca fue convincente, a tal punto que por instantes costaba entenderla y sólo uno sabía que se trataba de Architecture por el orden del tracklist.
Dave nos preguntó si lo estábamos pasando bien, la respuesta fue obvia, “yeeeeees”, y comenzó a decirnos palabras de buena crianza como que “Chile es mi país favorito”, cosas que a uno le gusta –o al menos alegra– escuchar aunque sabe que no sean ciertas. Luego el colorín introduce al siguiente tema señalando que tenía que ver con un conflicto político que sufrieron granjeros en Estados Unidos (de hecho, David Ellefson viene de una familia granjera) a causa de algunas reformas tributarias en los años ’80 y por supuesto tiró su consabido “rollo” contra la clase política. Foreclosure Of A Dream a mi gusto tiene una de las mejores letras de toda la carrera de Megadeth, dénse un tiempo de leerla, habla de cómo factores externos –en este caso políticos– pueden arruinar la inversión más grande de la vida de una persona, que es la compra de un bien raíz. De hecho “foreclosure” significa algo así como “juicio hipotecario”. Personalmente precisamente por el factor lírico fue uno de los temas que más disfruté de la velada, pese a que la baja en el tono le causó un descenso de potencia.
Sweating Bullets es un clásico y así fue entendido por todos. Es un tema que la banda toca siempre pero al venir ahora como parte de la rememoración del disco en el cual se encuentra, le dio un brillo especial. Sin dudas fue uno de los temas donde más participación del público hubo, es un tema que propende mucho a eso y es de esas canciones que se potencian en su ejecución en directo.
Tras un “you guys are fuckin’ insane!!” de Dave vendría la gran This Was My Life, uno de mis favoritas personales del Countdown y parece que de varios porque los “hey, hey, hey, hey” y los “o-o-o-oh” retumbaban en las paredes del Caupolicán, en un momento cargado de mística, de verdad no imaginaba que se trataba de un tema tan querido. No tengo dudas que los “THIS! WAS! MY! LIFE! THIS! WAS! MY! FATE!” dejaron peinados para atrás a los músicos.

Mustaine, un viejo zorro del escenario, con total parsimonia manejaba los tiempos para recuperar en algo su lastimada garganta, recogía las banderas que le lanzaban, las colgaba en los atriles, mientras se comenzaron a generar espontáneos “ceacheís” y silbidos y zapateos de cueca en el respetable, totalmente septiembrizado. Incluso hubo un momento en que le hicieron llegar a Dave una bandera que se veía realmente linda, muy grande, pero en esa especie de stage diving de la bandera se rompió y llegó en varias partes al escenario, escuchándose el cántico del segundo himno nacional, el mítico “hueón hueón”, causando risas y distensión. Igualmente Mustaine la tomó y la abrazó, tras lo cual nos dijo que venían a Chile desde 1994 y que cada vez era mejor, para luego anunciar el tema homónimo del disco celebrado, Countdown To Extinction, tema que no ejecutaban en vivo desde hace casi quince años, con un público prendidísimo que coreó especialmente el solo de guitarras armónicas de manera súper intensa y entregada.
Ya en pleno Lado B del cassette del Countdown, vendría otro de los temas ultra energéticos de esta placa, la entretenida High Speed Dirt, la canción del paracaidista, cargada de electricidad pese al tono más bajo. Quizás haya sido –según mi percepción– uno de los momentos donde menos se melló la intensidad original del tema con la baja en el tono. Me encantó Broderick en este tema, bueno, sabemos que el tipo es un tremendo shredder y así lo demuestra a cada momento, pero en este tema el oriundo de Colorado realmente se luce.
Lo siguiente sería Psychotron, otro tema que debutaba en su versión en directo en este tour. Ese coro que suena como “Magallanes, ya no quiere, más asado” sonó potentísimo y entretenido, lo que aplacó en algo la amarga sensación de que realmente la voz de Mustaine no se escuchaba casi en lo absoluto. Más allá de que la voz de Dave no esté en su mejor momento y del nuevo arreglo, creo que fue de los temas que, al contrario del anterior, más desmedrado se vio con el cambio de tono. Pese a ello, fue entretenido.
Dave nos pregunta “are you feeling good?”, y luego de nuestro “yeees” nos cuenta que el siguiente tema es dedicado a los chicos malos que “hacen un viaje a la Penitenciaría”. Captive Honour era otro tema que debutaba en vivo en este tour y funcionó bastante bien, algo ayudado por los samples y por ser un tema con un coro bastante “oreja”.

Ya acercándonos peligrosamente al final del show, Mustaine nuevamente subió a un pequeño niño al escenario, aunque sólo por unos pocos segundos, instantes en los que llegó al escenario una bandera chilena que le deseaba feliz cumpleaños a Dave… ¡¡con una semana de anticipación!! Para el 13 de septiembre, y además le comenzaron a cantar el cumpleaños feliz, cuestión del todo mufa pero que esperemos que no le cause ningún perjuicio al querido redhead. Nos dijo que nos quería mucho porque nos caía bien y presentó Ashes in Your Mouth, personalmente mi favorita del enorme Countdown y que disfruté enormemente. De hecho, nuevamente pensaba que era el único, pero al ver la impresionante respuesta del público, especialmente en el “welcome… to tomorrow!!” me percaté que es de las favoritas de varios. Con este tema se cerraría la remembranza del Countdown.
Varios pensábamos que vendría un encore en estos momentos, pero sin detenerse, el eterno David Ellefson sale a escena con su Jackson de cinco cuerdas a retumbar el recinto con ese mítico “tan, tatán tantán tantán tititán” con el que se inicia ese inmortal clásico de Megadeth que es Peace Sells, un tema de la vieja escuela, sencillo, contingente, irónico, rebelde, hasta un poco amargo, puro rock and roll estilo Mustaine. El “if there’s a new way / I’ll be the first in line” suena cada vez más fuerte en cada concierto de la banda, y en la parte más acelerada se formó un respetable circle pit en cancha, mientras hacía su aparición en escena el viejo y querido Vic Rattlehead caminando por el escenario y recordándonos que hasta la paz se vende. Enorme momento, inolvidable, y tras una hora y cuarenta minutos, la banda dejó el escenario, bajo grandes aplausos.
Tras la pausa vendría la hora del adiós, y no podía ser de otra forma que con otro enorme clásico, un deber de Megadeth en directo y que se han convertido con el paso del tiempo en la forma de cerrar con broches dorados sus shows. Pero antes, y en medio de gritos pidiendo “Tornado, Tornado”, haciendo referencia a Tornado Of Souls y “la espada de metal”, Mustaine nos pidió silencio para poder hablarle a una cámara que lo enfocaba desde la barricada. No entendimos mucho en ese momento pero tras unos segundos nos quedó claro: la idea de Dave era grabar un video para la celebración del 50° aniversario de los amplificadores Marshall, para un concierto que se llamará “50 Years Of Loud… Live!” y que se llevará a cabo el 22 de septiembre en el Wembley Arena de Londres. Mustaine le habló con mucho cariño a Paul Marshall –el heredero del imperio Marshall tras el fallecimiento este año de su alma mater James Charles “Jim” Marshall, a quien todos le debemos mucho realmente–, y junto con señalarle que debe estar orgulloso de su padre, le dijo algo así como “mira lo que te estás perdiendo por no estar en Chile”. Y luego de la ovación respectiva, vendría el tema que anticipábamos, la incombustible Holy Wars… The Punishment Due, un verdadero cañón cargado de agresividad y virtuosismo, con Dave presentando a Chris Broderick, David Ellefson y Shawn Drover, y cerrando dos horas de un show intenso con el ya clásico “You’ve been great! We’ve been Megadeth”, para despedirse de un público enfervorizado y a la altura de la envergadura del evento, con la versión de My Way de los Sex Pistols.

Es inevitable recordar cómo, a principios de la década pasada, Megadeth estuvo en una importante crisis, tanto por líos de diverso tipo como por la salud del propio Mustaine, y sentir que de esos períodos críticos, donde no pocos temimos por el fin de esta importantísima banda, ésta haya salido fortalecida, retomando laureles de vigencia, rearmándose con una alineación que mezcla lo clásico (con Mustaine y Ellefson) con los bríos y aire fresco que aportan Broderick y Drover. Pese a que Mustaine está lejos de sus mejores días en la voz (aunque nunca ha sido un cantante “virtuoso”, siempre ha tenido un estilo de voz muy distinguible), agrada ver a un Megadeth con solidez, compenetración y capacidad para retroalimentarse de la locura desatada de su fiel fanaticada que llenó el Caupolicán de forma memorable. Una lectura quizás más “simple” y “purista” del show podrá decir que sonó mal y que Mustaine canta poco, y otra visión podrá señalar que fue el mejor concierto de sus vidas por su intensidad y emoción. Yo me pondré al medio y diré que, en suma, pese a un sonido que estuvo a años luz de acercarse a un ideal, dio gusto ver un show así de intenso de una banda que, si bien tuvo que hacer algunas adecuaciones, se mostró en condiciones razonables de rendirle honores al mejor período de su historia sin dar pena, sino que al contrario, con la intensidad y vigencia que la ocasión ameritaba, y que si hubiese sonado como corresponde, habría sido el show del año o al menos pegaba en el palo. Y para cerrar un deseo: ojalá que la energía recibida del público latino haga estar a Megadeth cada vez más lejos de una cuenta regresiva para su extinción.
Setlist:
01. Trust
02. Hangar 18
03. She-Wolf
04. A Tout Le Monde
05. Whose Life (Is It Anyways?)
06. Public Enemy No. 1
07. Skin o’ My Teeth
08. Symphony of Destruction
09. Architecture of Aggression
10. Foreclosure of a Dream
11. Sweating Bullets
12. This Was My Life
13. Countdown to Extinction
14. High Speed Dirt
15. Psychotron
16. Captive Honour
17. Ashes in Your Mouth
18. Peace Sells
Encore
19. Holy Wars… The Punishment Due
LIVE REVIEW: Darío Sanhueza De La Cruz
FOTOS: Andrés Lagos
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