Debieron pasar la friolera de dieciocho años para que Queensrÿche decidiera hacer la segunda parte del que para muchos, entre los cuales me incluyo, es no sólo el mejor disco de la banda de Seattle, sino que el mejor disco de heavy metal de todos los tiempos. Decisión difícil la de Queensrÿche, dado que el nombre Operation Mindcrime tiene un peso específico difícil de igualar. Estamos hablando de un disco que marcó una banda, un estilo, que sentó precedentes de cómo hacer un disco de heavy metal no sólo elegante, no sólo poderoso, sino que además contara con una maravillosa historia, envolvente, que no te permitiese escuchar temas sueltos, sino que desde las primeras palabras de I Remember Now, no seas capaz de apretar Stop. Un disco difícilmente igualado, que además sirvió de base y de influencia para un montón de bandas, si no pregúntenle a Dream Theater.

Tengo la impresión de que era ahora o nunca. La carrera del quinteto liderado por Geoff Tate no soportaba otro paso en falso. Si bien la primera parte del Mindcrime fue la cima en la carrera de Queensrÿche en materia compositiva, posteriormente lanzaron dos muy buenos trabajos, el excelente Empire (1990) y el también destacado Promised Land (1994). Desde ahí, doce años atrás, la carrera de la banda se ha paseado por discos bastante mediocres, con el fantasma siempre de su obra cumbre sobre sus hombros, pasando por un hard rock muy suave hasta rozar el grunge, tan cotizado en la región que los vio nacer.

Por lo mismo esta segunda parte era una especie de redención. De retomar la inconclusa historia de hace 18 años y darle fin. Eso es riesgoso, porque podía darle otra palada más a la irregular carrera de Queensrÿche. Además, hay que tomar en cuenta de que en la formación de hoy no está uno de los pilares de la primera entrega, don Chris de Garmo, por lo que el escepticismo rodeó este disco desde que se anunció su nombre.

Sin embargo y en honor a la verdad, algo tiene la marca Mindcrime en Queensrÿche, que hace que desde el principio nos encontremos con algo distinto a lo que venía entregando la banda de la ciudad de los jets en los últimos años. Desde la empezada con Freiheit Overture, pasando por ese pequeño puente llamado Convict y rematando en uno de los mejores cortes que Queensrÿche ha hecho en su carrera. I’m American es un golpe que te deja al borde del knock out. Un tema simple, a la vena, muy en la onda de The Needle Lies de la parte uno, es una forma de empezar que devuelve la esperanza. Queensrÿche no se ha olvidado de hacer heavy metal. Que esas letras llenas de elegante ponzoña pueden ser acompañadas de riffs endemoniados, con un Geoff Tate que ya no llega a los agudos de antaño, pero que le ha dado a su voz una personalidad envidiable. Con una dupla de guitarras punzante, sobretodo en el solo, los de Seattle condensaron en menos de tres minutos el poder que no habían tenido en años. Un inicio impecable.

Y eso sigue, One Foot in Hell, nos devuelve a una banda elegante, de riffs enganchadores, de melodías pegajozas y de temas colocados de manera precisa. Se empieza a sentir la angustia de Nicki fuera de la cárcel, sin Mary y lleno de culpas, aún con el número del doctor X, pero con la idea de venganza que fraguó dieciocho años tras las rejas.

Hostage es la siguiente, un tema lleno de rabia, que manifiesta la continua crítica de la banda y sobretodo de Tate hacia el sistema y el gobierno estadounidense. Coincidentemente (sin creer en las coincidencias), ambos discos fueron escritos bajo gobiernos republicanos (Reagan, con un Bush padre casi proclamado el primero y Bush hijo el segundo), lo que da cuenta del descontento y de la manifestación del descontento y de cómo un disco puede hablar de otras cosas si perder la esencia del heavy metal. En eso Queensrÿche ha llevado la batuta. El metal pensante que ha profesado la banda se mantiene intacto. El tema es una velada crítica a todo el sistema judicial norteamericano, pero inmersa dentro de una gran historia. Historia que sigue con la impresionante The Hands, un tema que desborda cadencia y poder, con un coro maravilloso, que trae lo mejor de la banda a nuestros oídos. En eso Queensrÿche ha sido inteligente, puesto que los temas de esta segunda entrega son cortos, precisos, con riffs simples y fácilmente recordables.

Con Speed Of Light, nos retrotraemos un tanto a la época oscura de la banda, el tema suena mucho al Hear In The Now Frontier. Un tema un poco más débil musicalmente hablando, pero con un final que nos trae una protagonista que oníricamente se transforma en un ente omnipresente. La Hermana Mary, vuelve a sacar la voz, a machacar la cabeza del atribulado Nicki. Mary nuevamente está excelentemente representada por Pamela Moore, con una voz aún mejor que en los primeros tiempos.

Lo que viene después es una trilogía extraordinaria. Partiendo con Signs Say Go, nuevamente desbordante de poder, con un Tate rabioso, con una banda aceitada al máximo, con el inicio del momento más tenso del disco. Re-Arrange You sigue en la misma tónica, se percibe en el aire el encuentro próximo con el Doctor X. Nuevamente la banda adquiere peso, adquiere fuerza. Está claro, no es el Mindcrime I, eso es casi imposible, pero lo que nos está entregando Queensrÿche, vuelve a ser superlativo y eso es un respiro. La trilogía acaba con el que a mi parecer es el mejor tema del disco, no sólo por lo tenso, sino por el ingrediente adicional. En The Chase se produce el duelo por años esperado, con Nicki por fin enfrentando al Doctor X, representado magistralmente por ese pequeño gran monstruo de las cuerdas vocales llamado Ronnie James Dio. El dueto está logrado de una manera brillante, es golpe y golpe, el mejor momento en los últimos diez años de carrera (por decir lo menos) de Queensrÿche.

El problema de The Chase es que cuesta que la banda se mantenga arriba en el disco. Los temas posteriores, A Murderer? y sobretodo Circles, no tienen la fuerza ni la llama que había dejado The Chase, deben pasar dos temas y medio, para que la salvación de Nicki sea la salvación del momento. Pamela Moore o más bien dicho Mary, vuelve con su propia suite. If I Could Change It All, es el momento más emocionante de la placa. La desesperada voz de Tate (qué manera de darle cuerpo, de darle intención, qué manera de actuar cada tema este tipo…) da paso a la blusera voz de Moore, quien con una cantidad de matices impresionante para el corto tiempo de su participación, realmente logra conmover. Queensrÿche ha lanzado muy buenos temas lentos en su carrera. Cómo olvidar la maravilla hecha canción llamada Silent Lucidity (que le dio reconocimiento mundial y mucha plata a la banda) o The Mission o la hermosa Lady Jane, todas muestras de que cuando hay que poner feeling y calma, Queensrÿche lo hace de una manera brillante. El final del tema, muy coral, logra recordar a Suite Sister Mary, de la primera parte.

Sin pausa alguna, nuevamente la ira presente, en An International Confrontation, en donde Mary sigue atormentando a un ya atormentado Nicki. La historia comienza a centrarse en esta relación, en que el camino de Nicki debe ser seguirla. En eso llegamos a  A Junkies Blues, que pudo ser el final perfecto para el disco, incluso el final del tema tiene melodías sacadas de Anarchy X, pero se quedó en eso. Si el disco terminaba ahí, hubiésemos estado en presencia del disco del año, de un disco perfecto. Pero Queensrÿche alarga la placa, de manera un tanto innecesaria, con dos temas más. Si bien Fear City Slide, suena potente, se siente un poco alejada musicalmente del resto del disco, lo que se hace aún más patente en la floja All The Promises, que sin lugar a dudas no era la indicada para dejar el disco en alto, muy lenta, muy blusera, no funciona como cierre y deja un gustillo amargo, porque el disco tenía todos los ingredientes para puntuar perfecto.

No obstante lo anterior, podemos señalar que este segundo Operation:Mindcrime supera ampliamente las expectativas que uno pudo haberse cifrado. No es el mejor disco de Queensrÿche, eso es cierto, pero es el mejor disco que Queensrÿche pudo haber hecho hoy, es el mejor Tate desde el Empire y el disco posee momentos notables y otros sencillamente geniales. El quinteto de Seattle logra dar la vuelta precisa y enfilar nuevamente el rumbo hacia arriba. Quizás hoy la revolución ya no llama, pero ya no es necesario. Hubo que esperar mucho, pero la deuda ya está saldada.