Ocho son las visitas anteriores de la Doncella de Hierro a Chile. Son bastantes –nunca suficientes, por supuesto–, pero más allá incluso de las bromas que esta “asiduidad” ha provocado –como que en cualquier momento va a aparecer Steve Harris jugando a la pelota en las canchas de Zamorano o Bruce Dickinson conduciendo un planeador desde Tobalaba–, cada visita es única en su especie.

Porque la que debió ser la primera no fue. Hacer el ejercicio de revisar prensa o videos de la época es un ejercicio muy útil para aprender a tolerar la ira mezclada con vergüenza ajena que genera el ver una realidad tan ridícula como anacrónica.

Pero esa primera que no fue, y después esa tercera que no fue –por otras razones que para qué revolver el gallinero a estas alturas–, son parte esencial del vínculo de Maiden con Chile. Es cierto que sus shows tienen setlists con menos –probablemente– variaciones que lo que soñáramos, pero para la banda y para el público, Chile es un territorio conquistado, derrotando a castas en ese momento dominantes e impositivas con prevenciones ridículas.

El Maiden de hoy en Chile es ver todos los días por lo menos a una persona en la calle con una polera de la banda. Es el orgullo del metalero de haber conquistado el logro de tocar en el recinto de todos los chilenos y con tanta carga emotiva para nuestro país –otra conquista, es cosa de recordar el discurso de Bruce en la Pista Atlética el 2008, reclamando para que terminen de restaurar el Estadio–. Es ese Aces High funcionando como si tuviera cafeína para empezar el día, es ese Wasted Years que nos hace pensar en los años pasados, es ese The Number Of The Beast que nos hace vibrar y reír cuando recordamos que fueron tildados de satánicos.

Y vienen. ¡¡Y dos veces!! ¡¡¡Y la primera de ellas en el Arena!!! Creo que somos muchos los que, por ejemplo, soñábamos con ver a Helloween en un recinto más grande, y ahora quizás somos los mismos quienes soñábamos con ver a la Bestia en un recinto más pequeño que donde acostumbran a tocar. Y por supuesto, volver a poner la gigantesca pata de Eddie en el Estadio Nacional, haciendo vibrar los muros del reducto ñuñoíno como nunca antes durante este 2019.

Y Dickinson tuvo cáncer, cabros. Y lo superó, aunque nunca se sabe con ese cangrejo maldito que nos quitó a Ronnie James Dio y que hoy ataca a una insignia del Heavy Metal como Dave Mustaine y a otro entrañable cantante como Ronnie Atkins, más allá de Tony Iommi que viene con aquello desde hace algunos años. Parte de ir a verlos es ir a agradecer que sean parte de nuestras vidas, en influir en ellas probablemente sin saberlo a niveles imposibles de dimensionar. Siempre, siempre puede ser la última, pero mientras pasan los años, esas posibilidades se van transformando en certezas. Y en arrepentimientos.

Por ello y tantas cosas ahí estaremos, como siempre, Doncella. Y dos veces, como lo mereces.

por Darío Sanhueza de la Cruz