Satanás, el demonio, es una realidad. Y el demonio se vale de muchas cosas para introducir el mal en el mundo. Entre ellos, de estos grupos, que finalmente, por lo que he sabido -de muy buena fuente-, todas sus reuniones terminan en grandes orgías, en droga, en alcoholismo, en libertinaje sexual”. Así declaraba ante la prensa en el año 1992 un personero de la Iglesia Católica -cuyo nombre no tiene el suficiente mérito para aparecer en estas líneas y que tampoco contribuiremos a que sea recordado para que no aparezca en Google-, justificando las razones por las cuales, según él, a Iron Maiden no sólo se le debería privar de tocar en Chile, sino que incluso de entrar al país. Las paradojas del destino indican que, de la descripción efectuada por el declarante, la opinión pública tendería a sentirse menos inclinada a asociar con Maiden los conceptos vertidos, sino son mucho más cercanos a la institución representada por el individuo que señaló esas palabras que quedan en la memoria negra de nuestra historia.

Pero esa vergüenza nacional que vivimos ese 1992 no sólo es un hito en la historia de la música y el espectáculo en Chile, sino que en la historia de Iron Maiden. Hay pocos lugares en el mundo donde la conquista de la Bestia ha sido tan manifiesta como en estas tierras, con toda esta historia de prohibiciones basadas en arcaísmos dogmáticos teñidos de una ignorancia indeleble. Pasar de ser prohibidos a instancias de una institución hoy cada día más desprestigiada, pero extremadamente poderosa e influyente, versus tener hace meses vendidos un Movistar Arena y un Estadio Nacional para dos días seguidos, es sólo una muestra de que el fenómeno de Iron Maiden en Chile, además de lo musical, tiene un potente e intenso componente afectivo, de testimonios pasados por generaciones, que se unen en las mismas poleras negras que abarrotaron el recinto del Parque O’Higgins de Santiago de Chile.

Imaginar a la Doncella de Hierro en un recinto así, francamente, era un sueño para muchos. Más allá de que en su debut en 1996 tocaron en el en ese entonces llamado Teatro Monumental (hoy Caupolicán), con la vuelta de Bruce Dickinson y el debut de éste como integrante de la Bestia en Chile en el 2001 en la Pista Atlética del Estadio Nacional, los fanáticos más acérrimos soñábamos con verlos algún día en un recinto cerrado, más pequeño e “íntimo” dentro de lo que la masividad de la banda permite. Y las cosas del destino nos llevaron a tener a la Doncella debutar en un local espectacular como el Movistar Arena, de lo mejor de Chile en cuanto a ubicación, sonido e ingeniería para lograr ver cualquier espectáculo de forma al menos relativamente adecuada.

Sinceramente, quienes somos fanáticos de la Bestia, nos merecíamos esto, un show más pensado en nosotros. Por supuesto, estamos hablando de una banda que también genera atracción como evento en sí para gente no tan fanática, es decir, ir a verlos más bien por su calidad de “gran evento” o “imperdible” que alcanzan también otros eventos de distintos estilos musicales. Maiden es tan grande en Chile que alcanza para ambos contextos: nos merecemos tener a Maiden tanto en el escenario más grande de Chile,  como en el mejor escenario de Chile. No sólo sumando experiencias sino que multiplicándolas.

La expectativa era altísima: para muchos, era la primera vez que veríamos al sexteto británico tan de cerca y en un recinto cerrado, sabiendo la diferencia que esto genera en lo auditivo: la expectativa de encontrar un sonido espectacular como acostumbra el Movistar Arena, que sabemos no ha sido un factor que siempre haya resultado 100% incuestionable en los conciertos en Chile de la Bestia (es cosa de recordar a modo de ejemplo que Rob Halford el 2001 sonó muchísimo mejor que Maiden). Ahora, la ausencia de factores climáticos que influyesen en el sonido y la consabida calidad del recinto eran buenos antecedentes para poner el listón de exigencia en lo más alto, considerando además que el contexto de la gira “Legacy Of The Beast” traería algunos temas nunca tocados en Chile, además de varios de los clásicos que si bien son de siempre, cada vez traen algo nuevo, un sello distintivo, y que muchas veces está dado por aspectos escénicos y en gran parte por la teatralidad interpretativa del señor Paul Bruce Dickinson, uno de los mejores frontman en la historia de la música. Además, teníamos la curiosidad de cómo la Bestia iba a adaptar su gigantesca puesta en escena a un recinto y a un escenario más pequeño respecto a los cuales hoy en día acostumbra tocar.

THE RAVEN AGE

Mientras paulatinamente el público ingresaba al recinto -más en cancha que en otros sectores-, con aproximadamente 3.000 personas, a las 19:40 horas en punto sale a escena la banda soporte, The Raven Age, que como sabemos, cuenta en sus filas con George Harris, hijo del legendario Steve.

El baterista Jai Patel sale a escena con una bandera chilena, y luego el quinteto se completa con George Harris, que si bien toca otro instrumento, usa el pelo corto y su música es distinta a Maiden, igualmente por momentos tocaba con un pie sobre un parlante, tal como su padre. La sangre tira.

No nos vamos a hacer los tontos: es obvio que The Raven Age es la banda soporte porque toca el hijo de Steve Harris, pero es un grupo que se deja escuchar, que a lo mejor no prende pero que está lejos de algunos actos lamentables que hemos tenido que sufrir a todo nivel por causa del nepotismo. Bien por los muchachos, con una puesta en escena sencilla sólo con un telón -bastante bonito-, y si bien no provocaron grandes manifestaciones de jolgorio con su metalcore más juvenil y orientada a lo alternativo y “groove”, fueron escuchados con mucho respeto.

El vocalista Matt James nos pregunta cómo estamos y si nos encontramos listos para Iron Maiden. Los muchachos son ubicados, no intentan copiar la música del padre y a la larga su actitud liviana y sencilla termina cayendo bien. Así, intercalando momentos más intensos y otros más reposados incluyendo guitarras acústicas, tras aproximadamente cincuenta minutos de show -un poquitito más que lo suficiente-, a las 20:30 horas clavadas se despiden del público con la ya típica foto de la banda dando la espalda a los asistentes y tomada desde el sector de la batería.

Setlist de The Raven Age:

  1. Bloom of the Poison Seed
  2. Betrayal of the Mind
  3. Promised Land
  4. Surrogate
  5. The Day the World Stood Still
  6. The Face That Launched a Thousand Ships
  7. Fleur de Lis
  8. Grave of the Fireflies
  9. Seventh Heaven
  10. Angel in Disgrace

IRON MAIDEN EN EL ARENA: EXPERIENCIA IRREPETIBLE

Ha habido algunos países -enormes, por cierto- donde la Doncella tocó más de una vez en esta gira. En especial, Canadá, Estados Unidos y Brasil, en distintas ciudades. Y sí, hubo una ciudad donde tocaron más veces que en Santiago: hicieron tres fechas en Ciudad de México, pero con la particularidad que las tres fueron en el mismo recinto, el “Palacio de los Deportes”, que es una arena cerrada. Y dentro de ese lote se mete Santiago de Chile, con dos shows en lugares distintos, uno cerrado y otro en el coliseo de todos los chilenos. Tenía mucho peso y a la vez mucho sentido que seamos el cierre de esta gira, no sólo por quedar al final del mundo, sino que porque de verdad, en Chile, Maiden es algo especial, y para Maiden, Chile también lo es.

En un ambiente relajado se comenzaron a afinar los últimos detalles del escenario de la Bestia. De hecho, sale a escena un camarógrafo y los técnicos empezaron a ponerle parte del decorado en la cabeza, particularmente hiedras plásticas -suponemos- que serían utilizadas en el inicio del show. Mientras tanto, la cancha del Arena empezaba a abarrotarse, siendo un poco más lento en las plateas, considerando además que la comodidad y la bendición del asiento numerado permite llegar al show en una hora más cercana al mismo, lo que explica en buena parte porqué se llenó sólo minutos antes del inicio del espectáculo.

Luego de la música envasada que se escuchaba en el recinto (entre ellas distinguimos Queensrÿche, Dr. Feelgood de Mötley Crue y Back from Cali de Slash ft. Myles Kennedy), el reloj marcaba las 21:00 horas y el show no empezaba. Los minutos transcurrieron lentísimo hasta las 21:10, hasta que por fin, ya con el Arena a su máxima capacidad (alrededor de 15.000 personas), las pantallas gigantes comenzaron a proyectar un video promocional del videojuego “Legacy of the Beast”, razón por la cual armaron este tour, y nada menos que con el inconfundible sonido de la imperial Transylvania, tema adoradísimo por el fan de Maiden pues une lo clásico con la posibilidad de corear los riffs, siempre tan agradable en vivo.

La Bestia es tan grande que tienen un tema como Doctor Doctor que no es de ellos y no lo tocan ellos, pero igual la gente lo asocia a ellos a tal punto que algunos llamamos “la Doctor Doctor de X” a esos temas “ajenos” con los que otros grupos inician sus shows. Dos temas sin salir a escena y ya tenían el recinto convertido en una caldera donde no quedaría gota de sudor alguna en quienes entregamos todo lo que teníamos en este espectáculo -adelantamos- inolvidable.

Dos personas vestidas de soldados salen a escena. Se paran uno a cada lado del escenario, y luego empiezan a develar una escenografía que contribuye a contextualizar el primer tema de la velada. Todo se apaga y comienza el mítico discurso de Winston Churchill en la Cámara de los Comunes en Junio de 1940, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, con ese orgullo británico tan tradicional en cualquier época.

Cada visita de Maiden tiene algo distintivo que marca hitos notorios en su historia para con esta larga y angosta faja de tierra. Y ya habíamos visto/escuchado Aces High, tema motivador si los hay, pero nunca con este nivel de puesta en escena, con una réplica de un  avión de la Royal Air Force sobrevolando el escenario, una cosa realmente maravillosa. Una cosa es verlo en videos, otra cosa es estar a pocos metros de aquello. Y sale a escena este maravilloso sexteto, donde cada uno tiene su función, la entienden muy bien y se complementan cada vez mejor, la intensidad que proyectan Steve Harris y Janick Gers, más la precisión de un perfil más bajo como sucede con Dave Murray y Adrian Smith, se suman a un Bruce y su teatralidad con la chaqueta y lentes de aviador, todo lo cual en su conjunto formaba un espectáculo que sonó ya desde ese momento como un cañonazo incontrarrestable, y sólo con algunos detallitos que veremos más adelante.

La discografía de Maiden es tan vasta que hay muchos temas clásicos que nunca habían tocado en sus numerosas visitas a nuestras tierras. Y Where Eagles Dare –otro tema de guerra, al igual que el anterior– es una de ellas. Varios crecimos con esa espectacular versión en directo del “A Real Dead One”, siendo de esas canciones que en vivo adquieren un brillo especial, algo común en el catálogo de la Bestia. El look de Bruce ahora emulaba al de los paracaidistas ingleses infiltrados en las líneas nazis para rescatar a un prisionero en medio de los Alpes alemanes –he allí las razones de la nieve del telón–, y la emoción que nos provoca la Bestia tocando temas por primera vez en nuestras tierras supera cualquier mínima sensación de reiteración que pueda provocar en algunos. El contexto del show invitaba a dejar la vida cantando y así fue, las gargantas hoy lo sienten.

Sin parar, ni la música ni la temática bélica –tan característica de la discografía de Maiden–, un clásico de clásicos como 2 Minutes to Midnight, que a muchos nos hizo conocer la existencia del Reloj del Apocalipsis, regó de pólvora el Movistar Arena. Con el imponente telón del Eddie soldado frente a un tanque y con banderas atrás –la afgana como protagónica–, el éxtasis no paraba en intensidad en el público que mantenía repleto el recinto. Uno miraba para todos lados y no veía claros, quizás algún asiento loco vacío perdido por allí pero nada más. Es cierto que la tocan siempre, pero tanto la pericia en las ejecuciones como la puesta en escena proporcionan un brillo especial cada vez, tal como acontece con otros temas recurrentes en los set de la banda.

La principal interacción de Bruce Dickinson con el público vendría ahora. “Ahá! Hola Chile, Hola Santiago!”, nos saluda en español el orgullo de Nottinghamshire. Nos cuenta que esta es la parte final de un tour de cuarenta y cuatro shows, y que necesitaban terminarlo en un lugar “really, really fuckin’ special”. A Bruce no le vienen con cosas, no necesita caerle bien a nadie, no es una oda a la corrección política y por ende sus palabras exceden la buena crianza, y el público lo sabe, por lo que se ganó una sincera ovación. Además, se sorprendió al decir que venían de tocar en “Rock in Rio” y que el público aplaudiera en vez de pifiar por referirse a un país cercano y la típica rivalidad que ello conlleva, por lo cual nos preguntó “hey! Everything is OK?”.

En un momento de alineación de planetas, Bruce toma una bandera chilena, pero que además tenía la leyenda “Just to be free”, que coincidiría con lo siguiente. Antes, eso sí, Dickinson recuerda la primera vez que trataron de venir, porque tuvieron problemas con alguien. El “booooo” ensordecedor del público no tiene nada que envidiar a los abucheos a los wrestlers malévolos que osan hacer trampa o pegarle a los buenos sacando una silla plástica desde abajo del ring. “But that’s OK”, añade Bruce, diciendo que lo siguiente es un tema que trata sobre la libertad, que teníamos gente de todo el mundo en el concierto, incluso de Escocia. Nos preguntó si había escoceses, encontrándose con un “yeeeaaah” bastante masivo que lo llamó a tratarnos simpáticamente de mentirosos. ¡Pero en cancha había una bandera de Escocia! Así que el frontman le pidió perdón a la persona que la portaba –si lo estudió, qué bien la hizo; si es escocés, también, qué bien la hizo–.

Por supuesto que lo siguiente era The Clansman. No queremos ser injustos con Blaze Bayley, es de los mejores temas de su época y se engancha muy bien con su timbre y la garra que pone en escena, pero la verdad es que Dickinson, con su voz y teatralidad –saliendo a escena con una espada ensangrentada–, realmente fagocitó este tema y con su estilo resulta de manera simplemente espectacular. Un sueño realmente, verlos tan cerca, con la misma escenografía de recintos más grandes. Todo invitaba a dejar hasta la más mínima reserva de energía en el Movistar Arena, lo que pase después se verá después.

No es casualidad que en el contexto temático de guerra se incluyera a otro clásico incombustible como The Trooper y su recuerdo a la Carga de la Brigada Ligera en la Batalla de Balaclava en el contexto de la Guerra de Crimea de los rusos contra británicos y aliados, con su telón clásico y con Bruce simulando pelear con su espada con sangre. Y no podemos negar que la parte final sale hermosa, con Dickinson tomando el mástil con la bandera chilena –qué inteligentes son estos tipos para conectarse emocionalmente con el público sin necesidad de hablar demasiado–, para terminar con la Union Jack por todo lo alto.

Unos pocos segundos bastaron para cambiar la temática del show, con un telón maravilloso que, a sus costados, y a modo de mosaicos, los Eddie del “The Number Of The Beast” y el single “The Trooper”, mientras que un hermoso rosetón gótico en el telón –y otros más pequeño en el bombo de Nicko y al fondo del mismo baterista– llenaba de colores un escenario más solemne, que a algunos recordó a la malograda Catedral de Nôtre Dame de París. Así, se iniciaba la sección “religiosa” del show: primero con un solidísimo clásico como Revelations, con mucha participación del respetable, y luego con otro corte que no habíamos visto en Chile, la imperial For The Greater Good of God, del “A Matter Of Life And Death”, una de las máximas joyas compositivas de la Bestia desde la vuelta a la banda de Dickinson, que dio un especial énfasis a la letra al momento del “you know religion has a lot to answer for”. Es cierto que no se bramó como los clásicos de antaño, pero en ningún momento el ambiente decayó.

Siguiendo con temas más “modernos” de la Bestia, el telón de fondo nos marcaba que sería el turno de The Wicker Man, tema muy querido por la fanaticada, pues fue el primero que conocimos desde el retorno de Bruce Dickinson a la banda por allá por el año 2000. Con Adrian Smith muy activo en las segundas voces, el “your time will come” retumbó hasta el techo del recinto.

A continuación vendría uno de los momentos más soberbios de la noche, con la solemnidad lúgubre de Sign Of The Cross, uno de los cortes donde la teatralidad de Bruce luce a inmenso nivel. Sale a escena casi a oscuras, con una capucha y con una cruz que ubica en el centro del escenario, mientras interpreta el denso inicio del tema, con bajos que no acostumbramos a escucharle y que le resultan fenomenales, aunque se dio el primer –y quizás único– problema de sonido de la jornada: algún inconveniente en el monitor de Dickinson hizo que en algunos pasajes estuviera un poco a destiempo, lo cual sucedería en un par de ocasiones más. Y en este momento tan relacionado a las temáticas eclesiásticas, valga una reflexión: qué inmenso es Iron Maiden, cuánto ha crecido con el paso de los años, y sin duda cuando físicamente ya no puedan darnos todo esto, el legado de la Bestia perdurará por siempre, mientras que las personas que incidieron en prohibir hace algunos años su entrada al país se irán de este mundo y probablemente caerán en el inmenso cajón del olvido, con esa cruz que al final del tema iluminó la oscuridad del recinto.

La anterior fue una joya de once minutos, y ahora vendría otro diamante, pero ahora de cuatro minutos, nunca tocado anteriormente en Chile. Si uno se pone excesivamente exigente, podría decir que Maiden sí nos debía Flight Of Icarus, deuda pagadísima con intereses y con excedentes, con una puesta en escena increíble que emulaba el vuelo de Ícaro de manera magistral, y con un Dickinson jugando con unos lanzallamas que cargaba en su espalda cual mochila de delivery. Es imposible que una persona que no conozca a ese señor que anda corriendo para todos lados crea que tiene sesenta y un años, un cáncer superado y una lesión severa en un tendón de Aquiles hace apenas meses. Espectacular es una palabra limitada para describir lo vivido en esos momentos, pese a un nuevo pasaje de descoordinación voz/resto.

Es cierto que Fear Of The Dark la tocan siempre, con su clásico inicio a cuatro platillazos de Nicko. Pero cada vez que la vivimos, formamos un coro realmente fenomenal, acorde a la entrega de la banda. The Air Raid Siren sale a escena con otra vestimenta: abrigo, sombrero de copa y una linterna verde para iluminar la oscuridad. De verdad, desde las plateas se veía la cancha como un mar que se movía al unísono, con un público vuelto loco en la totalidad del recinto.

Ya terminando la primera parte de un show que realmente pasó volando, la inconfundible voz grave, tenebrosa y estremecedora de don Barry Clayton (Q.E.P.D.) nos lleva a otro clásico de todos los tiempos. Es imposible imaginar un show de Maiden sin The Number Of The Beast, con Dickinson soltándose su largo pelo –primera vez que lo vemos en Chile con ese look–, emulando a los shows ochenteros de la banda donde forjó la grandeza que hoy luce por el mundo. Y por cierto el cierre a tope con los “scream for me Santiago” para dar inicio a Iron Maiden, con un Eddie gigantesco saliendo desde el fondo del escenario, con un pentagrama en la cabeza, que lucía aun más con las llamaradas dispuestas en sectores estratégicos. Bruce se despide de nosotros tras noventa y cinco minutos de intensidad y entrega total, y nos dice “nos vemos, quizás mañana, si se portan bien”, mientras el querido Nicko McBrain lanzaba memorabilia –baquetas, muñequeras– al público.

Tras un pequeño descanso de un par de minutos, sale a escena el Jefe Steve Harris y luego el resto de la banda, que vuelven con The Evil That Men Do, clásico del “Seventh Son Of A Seventh Son”, completando el décimo disco que fue revisitado por la banda en este espectáculo, que realmente mostró buena parte de toda su discografía. La última descoordinación entre los tiempos de la banda y el monitor de Bruce no afectó mayormente.

Y el show no podía terminar con dos obras maestras, también llenas de teatralidad. Primero con Hallowed Be Thy Name, con un Bruce chascón, sin chaqueta, sudado por completo que realmente uno podía imaginarse a un condenado a muerte, tras las rejas instaladas en el sector derecho del escenario y pasando a la tenebrosa horca que cayó desde los cielos, en una interpretación colosal y que además muestra a un Dickinson incitando al público a gritar desquiciadamente hacia el final. Y de inmediato la energética Run To The Hills, con minas antipersonales y un detonador de trinitrotolueno que realmente nos hizo cantar como si de nuestra voz dependiera que pudiésemos arrancar hacia los cerros. Así, tras una hora y cincuenta y cinco minutos, con Bruce agradeciendo, diciéndonos que nos quieren, que nos vemos mañana y que van a seguir viniendo a vernos, se cerró un show inolvidable por todos los aspectos posibles.

Hay que reconocer que hay mucho de sesgo cuando uno opina de algo que le gusta tanto, pero realmente lo que vivimos en esta jornada fue magistral y probablemente irrepetible, en intensidad, en sonido –que habría sido prácticamente perfecto sin esas pequeñas descoordinaciones entre la voz y los instrumentos–, en entrega de la banda y del público, a tal punto que quizás sea uno de los más grandes e inolvidables espectáculos que haya pasado por el Movistar Arena a lo largo de su historia, y un hito tremendamente destacable en la relación de Iron Maiden con Chile, cada vez más consolidada y afianzada, y con una Bestia cuya reputación va creciendo exponencialmente con el paso de los años, algo que otros estamentos no pueden decir, porque ellos no sabían que la Doncella de Hierro los va a atrapar, no importando cuán lejos estén.

Setlist de Iron Maiden en Chile 2019 (Movistar Arena):

Intros:
Transylvania
Doctor Doctor (UFO)
Churchill’s Speech
1. Aces High
2. Where Eagles Dare
3. 2 Minutes to Midnight
4. The Clansman
5. The Trooper
6. Revelations
7. For the Greater Good of God
8. The Wicker Man
9. Sign of the Cross
10. Flight of Icarus
11. Fear of the Dark
12. The Number of the Beast
13. Iron Maiden
Encore:
14. The Evil That Men Do
15. Hallowed Be Thy Name
16. Run to the Hills

Review: Darío Sanhueza
Fotos: Guille Salazar