Es sabido que para el metal en general, abrirse espacios, generarse oportunidades, lograr metas, es sumamente difícil. Es un estilo que no cuenta con difusión, que no es masivo, que no “vende”, no es una fábrica de pseudotalentos poperos salidos de realities. Hay innumerables ejemplos de bandas que siendo talentosas, han quedado en el camino por lo mismo. Por eso lo de Alto Voltaje llena tanto y llega tanto, porque han sido años de esfuerzo y de sacrificio para llegar a este momento.

Además porque el marco era excelente para una banda de heavy metal nacional. La Sala SCD del Plaza Vespucio ofrece todo lo que cualquier músico de cualquier estilo merece: un buen escenario, un sonido acorde, respeto por los horarios y comodidad para la banda y para el público. Por lo que todos los ingredientes estaban listos para una grata velada.

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Lo que nunca imaginamos fue el nivel al que tal velada podía llegar, desde el principio con Triburbana, una banda a la cual personalmente desconocía, pero que me sorprendió de principio a fin. Con una interesante propuesta, que mezcla los sonidos más crudos del rock con una dosis de folklore, elementos amalgamados de manera exquisita, que sumado a las excelente letras y a una sobria pero potente puesta en escena, hicieron de la media hora de esta banda algo digno de destacar. Se notan los años de circo, con teloneo a la La Renga incluido. Un muy buen aperitivo.

Pero las casi 200 personas que repletaron la sala SCD del Plaza Vespucio estaban reunidas por una razón especial. El nacimiento de lo que la banda llamó “su nuevo hijo”, llamado “Historia de mi vida hasta mi muerte” y Alto Voltaje no defraudó, presentó un show que bordeó la perfección. Que desbordó emoción desde la previa, cuando comenzaron a repasarse imágenes de archivo de la banda, con tocatas antiguas y entrevistas hechas a los músicos. De un modo muy original, la banda habló desde el camarín y fueron ellos mismos los que dieron el vamos al espectáculo, que comenzó con Nacimiento, a modo de intro, para seguir con la poderosa Historia.

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La banda se notó en todo momento afiatada, con un Víctor que sin ser un virtuoso vocal, derrocha sentimiento en cada nota que canta. Además se nota que los temas para él tienen una connotación súper especial, lo que hace que el sentimiento que entrega se traspase a quienes estamos presenciando el show. Holocausto y El Chacal, fueron las que siguieron un show que no bajó en intensidad.

En este instante llega el primero de los grandes momentos de la velada. Con Rock y Burdel, con video clip incluido, levantó el ánimo del agente, mucho rock and roll, mezclado con el heavy metal que Alto Voltaje realiza.

La Ciudad y El Desaparecido, con imágenes alusivas a la dictadura militar, muy acorde a la letra del tema, siguieron con el show. Dos detalles a destacar tanto del show como de Alto Voltaje. El primero, fue el excelente uso que le dieron a los medios audiovisuales que disponían, harta imagen alusiva, muy buen juego de luces y mejor sonido. Lo otro, la puesta en escena, la entrega de la banda arriba del escenario, cada tema era muy bien actuado, íntimo cuando era necesario, poderoso por momentos. El show fue continuamente in crescendo, en ningún momento bajó el nivel.

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Lo anterior es refrendado con un par de momentos realmente notables en el show, quizás el mayor fue la preciosa Con Un Cigarro y un Café, donde un violín y un contrabajo fueron los acompañantes musicales de la guitarra clásica y un televisor, una mesa, un cigarro y un café los ingredientes visuales y un espectacular Víctor se transformó en su padre para recrear un momento maravilloso.

Con la excepcional Agonía y El Fin del Dolor, fueron los actos finales de una obra notable. Alto Voltaje ha ganado mucho con el paso de los años, en sonido, en madurez, en ejecución y en puesta en escena. Y el pasado 25 de noviembre todo aquello se conjugó para darnos un espectáculo de categoría, que mezcló fuerza con sentimiento, intensidad con intimidad, un show de nivel, un concierto para disfrutar… con un cigarro y un café.